Lo que queda de las cajas


Viendo la catarata de reacciones negativas de la banca a la propuesta del PSOE de un impuesto que grave, adicionalmente, bien sus beneficios, bien los pasivos captados por estas entidades o bien las transacciones financieras (o las tres manifestaciones de la actividad y riqueza generada), y que el Gobierno de España parece que concretará a corto plazo, volvemos a presenciar debates que, no por añejos, dejan de estar vigentes. Entra dentro del guión que el capital financiero oponga resistencia a la exigencia social de una contribución superior al interés común, en este caso para apoyar el sostenimiento de la Seguridad Social (aunque todos coinciden en que es una medida más, estando pendiente el debate de fondo sobre el modelo de pensiones y los ingresos del sistema). Lo que no estaba tan claro, hasta ahora, es que hubiese un gobierno dispuesto a pasar de las musas al teatro y a sacar adelante la creación de nuevas figuras tributarias que, sin menoscabar el papel y la viabilidad de las entidades financieras (que han estado en el epicentro de la Gran Recesión), pretendan que este sector aporte de forma adecuada a la obtención de recursos públicos suficientes.

Por mucho que las asociaciones que reúnen a la banca española pongan el grito en el cielo y auguren un efecto pernicioso sobre los usuarios a través del cobro de servicios (riesgo que el regulador tiene que cortar de raíz) o, incluso, prevean nubarrones sobre su solvencia y capacidad de concesión de crédito, no parece que haya que alarmarse tanto, si tenemos en cuenta los términos recaudatorios que se manejan y que otros muchos países (Reino Unido, Austria o Finlandia, por ejemplo) aplican figuras parecidas a las que están en estudio, sin que ello haya sido la hecatombe del sistema financiero, cuyos males, en nuestro entorno, suelen venir por otros frentes, distintos de la presión fiscal. A su vez, por mucho que la banca confronte en el terreno cuasipolítico, tratando de meter miedo al personal y atacando a un gobierno que parece dispuesto a aplicar políticas socialdemócratas de calado inéditas ante la crisis social (veremos si las Cortes Generales están a la altura de la sana ambición del Ejecutivo), los que estamos hartos de los desmanes del sector financiero y de los perjuicios causados sobre el conjunto de la economía, no vamos a lanzarnos a pedir la nacionalización de la banca ni a poner en la picota a todos sus responsables, porque sabemos de la importancia de contar con un sector eficiente para que el país funcione. Aunque razones para la desconfianza las hay, a tenor de los precedentes; el último, y de los más sonados, el desastre del Banco Popular, con 300.000 accionistas y bonistas perjudicados, muchos de ellos pequeños ahorradores y pymes.

La melancolía sí que nos lleva, sin embargo, a recordar que la última crisis financiera se llevó por delante un sistema de cajas de ahorro, del que apenas quedan unas sombras, y que, ciertamente, se dejó arrastrar por la fiebre del ladrillo, por malas prácticas en el mercado y por una gestión de profesionalidad dudosa y hasta de falta de honradez en algunos casos lamentables (el más sobresaliente, el del otrora laureado exministro Rato). Pero un sistema de cajas que representaba, o al menos lo pretendía, la participación pública en el sistema financiero, la expresión de la función social del crédito, la vinculación con un territorio y sus proyectos empresariales y la socialización de los beneficios a través de la obra social y cultural, de la que sólo queda cierta reminiscencia, a través de la actividad de las fundaciones bancarias. Ese vacío no lo ocupa nadie y no parece que el dignísimo cooperativismo de crédito pueda jugar un papel análogo. Tampoco la semipública Bankia (61% en manos, indirectamente, del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) parece remarcar su perfil social, con sus gestores reclamando, de paso, que no se demore su privatización; veremos si el Gobierno se resiste y si tiene algún plan serio para contar indefinidamente con un actor estatal relevante y fiable en el mercado financiero.

Entre tanto, lo que nos queda de las cajas lo podemos ver en la playa estos días, si nos fijamos en no pocas gorras, camisetas, toallas y bolsos de propaganda (cuya profusión no creo que fuese la causa del agujero, sólo faltaría). Materiales de resistencia probada, superior a la de sus balances. Testimonio, entre lo kitsch, lo sentimental y lo práctico, de lo que fue otro tiempo, al que sobrevivieron.

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