Vienen curvas para la economía


Conducíamos por el llano, en línea recta, en marcha larga, y, de repente, aparecen las rampas y las curvas. Comienza la cuesta, el automóvil sigue avanzando a buen ritmo, pero pierde velocidad. Se desacelera. Lo sabíamos: los indicadores de tráfico anunciaban el inicio de un terreno escarpado y sinuoso. El indicador del salpicadero indica que las revoluciones han descendido del 3 %, o más, al actual 2,7 %. El GPS -el Banco de España o el propio Gobierno- pronostica que el año próximo deberemos conformarnos con un 2,4 %. Y ahí estamos. En ese punto, en el arranque de la subida a una montaña desconocida, se halla la economía española.

El INE, el organismo que toma el pulso a España, acaba de brindarnos dos noticias, referidas ambas al segundo trimestre del año. Una buena y otra mala, para que no se diga. La buena: el empleo se comportó como un cañón en primavera. Batió un récord. Se crearon cerca de 470.000 puestos de trabajo en tres meses, la tasa de paro se redujo al 15,3 % y el número de empleados ya supera con creces los 19 millones. La mala: el automóvil de la economía reduce su velocidad. Lastrado por la caída del consumo y la merma de las exportaciones, avanza con mayor lentitud. Solo hallamos un dato positivo en la contabilidad trimestral: el tirón de la inversión, especialmente la compra de bienes de equipo. Al parecer, las empresas siguen confiando en la economía española.

Si combinamos las dos noticias, la buena y la mala, el saldo exhibe números rojos. Si el empleo crece más que el PIB, eso significa que la productividad ha descendido. Si baja la riqueza que aporta cada trabajador, la competitividad decae, la balanza comercial se desequilibra y a la postre se pierde empleo. Tristes paradojas de la dinámica económica capitalista.

Pero volvamos a la empinada cuesta que nos espera. Está repleta de obstáculos -embarazos o estorbos, decían nuestros clásicos- que dificultan la subida. La mayoría, exteriores e inevitables: encarecimiento del petróleo, retirada de los estímulos monetarios del BCE, guerras comerciales de Trump y notoria ralentización de las economías europeas. Otros, de índole casera, especialmente la reducción del poder adquisitivo por mor de los bajos salarios y el repunte de la inflación. Me lo decía ayer, con la contundencia no exenta de lógica, el pulpeiro que nos atendió en la Feira dos bicos de Monterroso:

-Caro o polbo? Que vai estar caro! O que pasa é que están moi baixos os soldos!

La contabilidad nacional le da la razón. La demanda nacional se contrae, fundamentalmente, porque disminuye el consumo de las familias, tanto de productos nacionales como de importación. No se puede estirar más la pierna de lo que da la manta. De hecho, aseguran los expertos, será el gasto público -subida de las pensiones y de la remuneración de los funcionarios- el que salve el tercer trimestre del año. El resto de la escalada dependerá de la evolución de los salarios en las empresas, el único combustible posible para impulsar la demanda nacional.

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