En La Voz de Galicia del 21-12-1992, cuando Ratzinger revisó el catecismo católico, publiqué un artículo en el que me rebelaba rotundamente contra el mantenimiento de la pena de muerte en la doctrina oficial de mi Iglesia: «He oído decir a un teólogo autorizado -me refería al obispo Estepa- que este catecismo es casi un dogma, y que quien lo rechaza se pone fuera de la Iglesia, pero yo proclamo no solo mi rechazo frontal y absoluto a este principio, sino también la desconfianza que desde él se extiende a todo el texto y a sus criterios morales». Es cierto que la Iglesia Católica no era una excepción en las reglas morales del mundo moderno. Países tan civilizados como Estados Unidos y Japón siguen ejecutando hoy. Italia hizo su última ejecución en 1947, aunque mantuvo la pena de muerte en su Constitución -como aún lo hace España- hasta 2007. La Alemania Federal guillotinó al último reo en 1949. Canadá ejecutó hasta 1960. Inglaterra ahorcó su último preso -una mujer- en 1964.

La España de la dictadura hizo sus últimas ejecuciones en 1975. Y la Francia democrática y republicana -célebre por sus guillotinas- ejecutó al último condenado en 1977. Y todavía hoy, fuera de este oasis jurídico, la pena capital se aplica profusamente en China, Arabia, Irán o Pakistán, y con bastante frecuencia en un centenar de países. Lo extraño de la Iglesia, que no ejecutó a nadie desde 1810, es que mantuvo la doctrina de la ejecución justa en contra del Decálogo del Sinaí y de su práctica de interceder a favor de los condenados en todo el mundo.

Y por eso tenemos que concluir que el catecismo de Ratzinger fue el último intento de justificar, con falsa coherencia, una historia de defensa de la ortodoxia religiosa y el orden civil que la propia Iglesia acabó pagando con cientos de miles de mártires.

Entre las páginas absurdas nacidas de esta serodia justificación, citaba en mi artículo al obispo húngaro Tihamer Toht, que, enmendándole la plana a Dios bendito, mejoró la redacción del Quinto Mandamiento, para que, en vez de transmitirnos su colosal radicalidad -«no matarás»-, dijese «no asesinarás», en una finta dialéctica que le permitía cuadrar al céntimo unas contradicciones catequéticas que llegaron hasta ayer mismo.

Puesto que la infalibilidad existe -¡aunque racanea cantidad!-, el papa Francisco acaba de borrar del catecismo la pena capital, por lo que me considero indultado de esto que escribí en 1992: «Me avergüenza que mi Iglesia, que en tiempos del padre Astete aún iba por delante del poder civil en su doctrina sobre la pena de muerte, se haya quedado atrás… /… Y quiero que la Iglesia a la que pertenezco se entere de que en mi casa he impuesto la autoridad paterna y he censurado esta página del catecismo, para enseñarle a mis hijos que, diga lo que diga Ratzinger, cualquier justificación de la pena de muerte es una grave ofensa contra la ley de Dios».

Hoy me alegro mucho de haberme adelantado 26 años a cuatro infalibles.

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La Iglesia se deshace de la pena capital