¡Ay, Paquita!

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Paquita tiene una pena en su mundo de ficción, pero la vida real le sonríe. La historia de Paquita Salas es la de una representante de actores desfasada y desubicada que pelea sin mucho éxito por no quedarse atrás en su profesión. Es una perdedora de buen corazón, capaz de sostenerle el bolso a su peor enemiga y ver el lado bueno de las cosas. Por su tierno sarcasmo, el público se fue sumando a esta webserie cuando era apenas una gamberrada sin prejuicios cuyos primeros capítulos se estrenaban cada pocos días en Flooxer, plataforma alternativa de Atresmedia. El revuelo que seguía a cada nueva entrega la convirtió en un fenómeno que llegó a oídos de Netflix, que amparó una segunda temporada que engrandece su figura.  

La repercusión mediática Paquita Salas, con sus cameos y referencias televisivas, es inversamente proporcional al calibre de esta producción casera de los Javis. Quien haya conocido este experimento satírico a través del márketing hiperbólico de la plataforma norteamericana se habrá quedado desconcertado al comprobar que sus dos temporadas no suman más que diez episodios de veintipocos minutos cada uno. Una pequeña gran idea que jamás habría tenido cabida en la programación convencional.  

El personaje de Paquita se queda pegado a la piel porque, además de la humanidad de rezuma, se asoma a los entresijos y miserias del mundo del cine, las series y la interpretación. Al igual de ¿Qué fue de Jorge Sanz?, de David Trueba, sus breves tramas hablan con humor y libertad sobre la condición efímera de la fama, las malogradas estrellas infantiles, los boicots a películas y actores en redes sociales y las estrecheces que el glamur de la alfombra roja permite disfrazar.

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