Lo que pasa con Rhodes

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James Rhodes es un tipo majo. Su arte y su tragedia infantil irrumpieron hace unos años en una opinión pública que flipa con historias como la suya: un genio sometido a terribles abusos que supera su infierno infantil y lo transforma en positivismo. Rhodes se ha alistado en la nómina de británicos hispanoentusiastas, un clásico que demuestra que la mirada externa es muchas veces más precisa que la propia. Exiliado del brexit, el pianista se ha instalado en Madrid y ha convertido su Twitter en una corriente de autoestima para el alicaído orgullo español. Rhodes relata con ese ardor sin complejos tan british las cosas buenas de su vida en España y describe con la perplejidad del viajero las ventajas de una tierra que los aborígenes tenemos bajo sospecha. Leer a Rhodes es una alegría que Twitter ha hecho viral y que el viernes mismo lo sentaba ante Pedro Sánchez, sensible a la causa contra los abusos infantiles que el artista abandera, pero sobre todo al sideral liderazgo que Rhodes ha construido en pocas semanas como pregonero oficial de las virtudes españolas. El problema es, precisamente, ese fogoso entusiasmo que en el fondo oculta un legendario problema de autoestima, ese que derrite literalmente al personal cuando un extranjero rico se abona al piropo español. Difícil pensar que los ingleses valorasen igual a un soriano que desde Londres les recordase el sabor ancestral de sus pubs o el encanto aceitoso de sus fish and chips.

Hace unos días, una de estas típicas olas de albricias colectivas recorrió España cuando Bruce Springsteen apaciguó la ansiedad de los Arcade Fire ante un previsible período de indiferencia del público recordándoles que esos paréntesis de bajón se despachan en España, en donde siempre se recibe bien a estrellas en crisis. Muchos escucharon un piropo en las palabras del Boss, cuando lo que destilaban era la irónica convicción de que la exigencia artística es aquí relativa y que, como al can apaleado, cualquier atención nos lleva a mover el rabo.

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