El mundo de Trump


Occidente afronta unas amenazas de signo populista que pueden acarrear serios problemas, entre los que no cabe descartar el deterioro del propio sistema demócrata-liberal en el que ahora nos movemos. La «entrañable relación» entre los presidentes de EE.UU. y Rusia (es decir, entre Trump y Putin) no augura nada bueno. No se percibe que puedan acordar en nuestro nombre nada que nos convenga o favorezca. Tan simple.

¿Está resurgiendo el fascismo? Hay quienes así lo afirman, y lo argumentan con datos extraídos del relato histórico de la primera mitad del siglo XX. Pero no parece que se trate de esto, sino de otro peligro menos elaborado ideológicamente y, por ello, más incierto. Me refiero a la posición desacreditadora de Trump frente a las democracias representativas (las nuestras) y, de paso, contra quienes argumentan a favor de ellas y, por consiguiente, en contra del propio Trump y de su astuto amigo Vladimir Putin.

¿Podemos hallarnos ante un debilitamiento programado y progresivo de nuestras democracias representativas? Hay una corriente intelectual pesimista que asegura que sí, si ello depende de Trump y de Putin. Y la verdad es que la Unión Europea no tiene motivos para estar muy tranquila. Porque estos líos los carga el diablo y luego caminan solos, y a veces no tienen fácil marcha atrás. No se trata de armar bulla, sino de defender un modelo propio que funcione y con el que nos identificamos en la UE.

No creo que sea muy arriesgado afirmar que Trump desearía desmontar el vigente mundo multilateral (que le resulta demasiado complicado) y que Putin anhela resucitar la URSS en un mundo bipolar. El resultado sería algo que, por fin, Trump entendería (es decir, algo a su gusto, controlado y manejable). A su vez, Putin podría recuperar el espacio y el orden soviéticos. Y el mundo volvería a ser cosa de dos, con China distraída en objetivos de carácter preferentemente económico. ¿Y qué le sucedería a la UE? Que quizá estaría de regreso a sus naciones, con sus viejas fronteras.

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