Máster atado y la mujer del César


«A mí me ha dicho que lo tiene todo bien atado». Eso es lo que me contestó un alto dirigente del PP cuando, minutos después de que Pablo Casado fuera elegido presidente del partido, le pregunté si eran conscientes de que habían designado como líder a un político con un currículo bajo sospecha que iba a ser escrutado con lupa a partir de ese mismo instante. Aunque mi interlocutor no había mostrado preferencia por ningún aspirante, Casado había dado esa misma respuesta a todos los que le preguntaron por su polémico máster antes de brindarle su apoyo: «Lo tengo todo bien atado». Lo cual quiere decir que no tenía ninguna duda de que había obtenido su título de forma legal y de que podría demostrarlo si un juez se lo demandara.

Por tanto, el PP puede alegar ahora lo que quiera, incluido el socorrido argumento de que todo es una persecución política. Pero lo que no puede mostrar en modo alguno es sorpresa por lo que está sucediendo.

El asunto del máster de Casado estaba ya judicializado cuando lo eligieron. Lo que, evidentemente, era una opción de alto riesgo político. Entre otras cosas, porque, aunque no es imposible, sí resulta extraño que aprobara media carrera de Derecho en cuatro meses. Era obvio también que si determinados medios habían cuestionando su currículo cuando era solo un candidato con escasas posibilidades de liderar el PP, a partir de ese momento se iban a lanzar a degüello contra él, hurgando hasta en su título de graduado escolar. Algo que, por otra parte, no solo es legítimo, sino casi una obligación para un periodismo que busca la verdad.

Aunque también es cierto que ese loable esfuerzo indagatorio solo alcanza su verdadero sentido ético si se aplica con el mismo rigor en lo que afecta a dirigentes de todos los partidos. A día de hoy, por ejemplo, nadie ha sido capaz de leer la tesis doctoral de Pedro Sánchez, elaborada en apenas dos años frente a los seis de media que le lleva a cualquier alumno un trabajo así, y que muchos consideran apócrifa. Y tampoco el líder del PSOE ha dado nunca autorización para consultarla. Por no hablar de la impresentable imagen que ofrece el hecho de que su esposa, Begoña Gómez, haya sido contratada por el Instituto de Empresa en un puesto creado ad hoc para ella nada más llegar Sánchez a la Moncloa. Y ya sabemos que no basta que la mujer del césar sea honesta; también tiene que parecerlo.

Pero lo cierto es que la honorabilidad de Pablo Casado está ahora bajo sospecha hasta que el Tribunal Supremo decida, allá por el mes de septiembre, si debe abrir o no una investigación por las graves sombras que una jueza ha arrojado sobre su expediente académico. Si el tribunal decide investigarle, Casado tendrá que demostrar que no mintió a sus compañeros de partido. Porque si al final resulta que no todo estaba tan atado como él decía, el PP habría hecho un pan como unas tortas cambiando a un líder como Mariano Rajoy, sobre el que cada uno puede pensar lo que quiera, pero que no ha sido investigado jamás por la justicia, por uno que podría acabar imputado y verse obligado a dimitir.

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