Coleccionar


En mis primeras lecturas de Sigmund Freud tropecé con un término que no entendía, «el sentido Molocal» de la existencia. Freud hacía referencia a él analizando las consecuencias de quedarse fijado en una de las etapas del desarrollo evolutivo del ser humano que ensaya el psicoanálisis. La cuestión me llevó a buscar el significado de Molocal, que hace referencia al dios Moloch, también llamado Baal, de origen Cananita adorado por fenicios, cartagineses y, en general, todo los pueblos del Levante; a Moloch se le hacían ofrendas humanas que consistían en niños que se introducían bien por la boca o el ano de su imagen, cuerpo humano con cabeza de carnero con los brazos y las palmas de las manos hacia arriba.

Freud hacía referencia a él para describir los rasgos de personalidad y patologías de la gente que presenta una adherencia a la etapa anal del desarrollo, esa en la que el acto de la defecación -tanto el retener como expulsar- produce un goce en el niño, señalando que la expresión posterior de ese placer fisiológico se formaliza en conductas análogas de retención, del tipo guardar y acumular cosas o de coleccionar de todo.

Quizás sea por esto que de niños nos gusten tanto los cromos, de adolescentes, dejar todo tirado sin tirar nada y de adultos, coleccionar las cosas más insólitas.

Los museos son el fruto de un afán coleccionista y hay colecciones que son de museo. A bote pronto, recuerdo con gusto una que visité en la templaria villa portuguesa de Tomar, donde hay un museo de fósforos creado por un paisano que un día se compró una caja de cerillas conmemorativa de la subida al trono de Isabel de Inglaterra, y a partir de ahí dedicó la vida a comprar cajas de cerillas de todo el mundo. Ahí estaban en su lineal correspondiente las de España, con aquellas imágenes de trajes regionales, suertes taurinas y jeroglíficos que entretenían mi infancia.

Hay un montón de gente que colecciona cosas habituales, como sellos, monedas, dedales, cucharillas, mecheros o banderines, pero hay individuos que se afanan en recopilar las cosas más insólitas que imaginarse pueda, como el museo de miniaturas que hay en el alcarreño pueblo de Brihuega, donde alucinas viendo biblias escritas en un grano de arroz o cuadros enteros pintados en una cabeza de alfiler.

Se puede coleccionar todo, pero lo mejor es coleccionar momentos. Si la cosa que coleccionas te evoca una escena placentera, entonces la colección cobra vida.

Personalmente colecciono libros, marcapáginas y chapas de botellas de champagne que guardan el tesoro de un instante memorable disfrutado solo o en compañía.

Descubrí que la afición a las chapas tiene un nombre tenebroso: plaquetomusofilia.

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