Las fotos de Pedro Sánchez

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Consciente -como Séneca- de «la brevedad de la vida», y compartiendo con Manrique que «y pues vemos lo presente / como en un tiempo se es ido / y acabado, / si juzgamos sabiamente / daremos lo non venido / por pasado», el presidente del Gobierno está priorizando en su agenda el hacerse las fotos necesarias para ilustrar las páginas de la historia que -a salvo de que un bandazo del destino genere una memoria histórica alternativa a la que hoy se nos impone- se ha ganado para siempre. Y yo comprendo su prisa y su empeño. Porque no se llega a la Moncloa para dejar a los nietos sin un álbum familiar a la altura de la saga; ni se debe confiar en que -visto lo visto- la gloria que hoy mana a raudales de su admirada figura, sea una fuente seca dentro de tres semanas.

Lo que no entiendo es el orden que eligió para confeccionar su álbum, ya que, lejos de ser un reflejo del discurso radical que hacía en la oposición, parece un intento de competir con Rajoy por la amistad y las palmaditas de los líderes liberales, con la absoluta convicción de que solo ellos pueden reforzar su ansiado perfil de hombre de Estado. Su primera imagen se la robó a Trump durante la reunión de la OTAN, y en ella se le ve mostrando conexión y empatía con el hombre al que tanto había criticado antes de llegar a la Moncloa, el campeón mundial en la construcción de muros contra la inmigración, el rompedor unilateral de los acuerdos internacionales, y el chulo de barrio que le obligó a prometer que subirá, sin rechistar, el gasto de defensa. Después se retrató con Macron, el líder que, al revés de Sánchez, tiene mayoría, pero carece de partido, y que está aprovechando su desbordante poder para hacer las reformas liberales que el PSF y los sindicatos quisieron evitar.

Y la tercera foto se la hizo con Merkel, la amiga y correligionaria de Rajoy, a la que le había imputado toda la ideología de recortes, ajustes, rescates, intervenciones, flexibilidad y precariedad laboral que, aprovechando la crisis, martirizó a los pobres y reforzó el capital especulador y financiero. Y fue aquí, paradójicamente, cuando vimos a Sánchez más enamorado, como un alumno aplicado y pillín fascinado por su maestra, y con la sensación de haber compartido la aureola de estadista de la austera canciller.

El álbum, pues, progresa adecuadamente. Pero me temo que a nuestro hombre de Estado ya no le queda nada de aquel revoltoso líder que encandiló en las primarias a la militancia socialista. Cada vez se parece más a Rajoy -del que no apartó su vista durante siete años-, mientras empieza a olvidarse de los desahuciados, los parados perpetuos, los indignados, los que viven en riesgo de pobreza -que, según el Sánchez opositor, eran más de media España-, y de los que no pudieron ir al concierto por falta de plazas en el AVE. Pero la lógica es la lógica, y quien hizo todo para llegar a la Moncloa, no puede renunciar a nada que le haga ser un gran estadista. ¡Como Bismarck, supongo!

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