17 de agosto y el país acomplejado


Hoy, 17 de agosto, se cumple un año del atentado en Barcelona. Acuden a la ciudad condal el rey y el presidente del Gobierno. Torra ya ha dicho que el primero no es bienvenido. Y el segundo, que es presidente gracias a los nacionalistas, no ha sacado pecho para defender a un buen monarca. Es lo que tiene nuestra democracia: te pueden hacer presidente de España los que quieren acabar con España. Nos piden que dialoguemos y Sánchez crea una comisión bilateral. Nunca España, ni cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad, ha caído más bajo. Aquellos con los que se sentaron Aznar y Felipe admiraban un modelo común de progreso. Estos se han tirado al monte: quieren destruir España y, en su delirio, Cataluña.

Somos un país acomplejado. Ante la locura nacionalista, principalmente. Se nos han presentado siempre como adalides del progreso y son, contrariamente, facciones retrógradas y ancladas en ideologías del XIX. Pero han sabido vestirse mejor que el resto, y por un puñado de votos, desde hace más de treinta años, condicionan los presupuestos y el modo de gestionar las administraciones. Dejando aparte las mayorías absolutas, España ha tenido que tragar con lo que proponían estos chantajistas. Ese es su sustantivo identificador. Pero no han estado solos. Porque solos no podrían. El progresismo ha jugado siempre con ellos la partida. Es mejor ser nacionalista que de derechas. Y con este sofisma hemos consumido nuestra democracia.

Vuelvo al título. Somos un país acomplejado porque reímos sus gracias. Colocan lazos amarillos por todas partes y lo permitimos, a sabiendas de que son una afrenta sin parangón. Incluso más, las autoridades multan a aquellos que los retiren: ¿alguien ha contemplado algo más paradójico a lo largo de nuestra historia? Son los complejos. Si no los tuviésemos, no permitiríamos que se celebrase la Copa de Rey cuando algunos pitasen el himno, que es de todos. Pero ahí topamos con la libertad de expresión. ¿Saben ustedes en cuántos países avanzados se permite que se menosprecien y vulneren sus símbolos? Una parte de la izquierda, sanchecista y cínica, encantada. Son los mismos que decían que todo iba mal y se quejaban asumiendo un papel de víctimas que, por cierto, no se ajustaba a la realidad. Ahora que crecemos al 2,7 %, en lugar del 3 % de Rajoy, España ya no está en ruinas. Volvemos a ser un país libre. ¿Pero ha corrido alguna vez peligro la libertad de expresión en democracia? No, al contrario. Los que corremos peligro somos los que pensamos distinto de la manada nacionalista y sus aliados progres.

Los complejos se pagan. Los políticos, en las urnas. España, sufriendo las imposiciones y la altura moral de los nacionalistas. Sánchez es presidente gracias a ellos. Hoy, contra el independentismo y a favor de nuestro rey, debemos recordarlo.

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