Derechas y PSOE reconocibles


Pablo Casado y Albert Rivera andan por nuestra actualidad patria como los hermanos Hernández y Fernández de Tintín. Cuanto más se esfuerza cada uno en ser ocurrente más se repiten, cuanto más quieren destacar más se parecen. El efecto que hacen podría ser cómico, si no compitieran en estupidez y zafiedad. Lo que le quita la gracia a estos dos mediocres, hinchados con levadura de currículos de baratillo, es pensar que la pulsión de los votantes conservadores está en alguna de las estridencias ultraderechistas que Hernández y Fernández andan tanteando como quien tantea una pared en la oscuridad buscando el interruptor. También le quita la gracia pensar que alguna de esas estridencias pueden hacerse ideológicamente transversales si se conectan debidamente con el cabreo difuso y sin forma de quienes cada vez viven peor y cada vez entienden menos lo que pasa. Y le quita el chiste a este dúo dinámico que el PSOE crea que ya pasó aquel momento en que parecía que podía desaparecer, como los demás socialdemócratas, y vuelva a hacer su papel de buscar soluciones para lo que la derecha diga que son problemas y de no buscar problemas donde la derecha dice que no los hay. En suma, lo que le quita la gracia al histrionismo de estos dos clones es que, después de todo, pueden hacer daño.

Rivera había saltado al ruedo ibérico con dos nutrientes. Por un lado, era una derecha que no parecía derechona. Era un alivio para los votantes conservadores, que tenían ya las narices escocidas de apretar la pinza con la que votaban al PP. Por otro lado, era una forma de quitarle a Podemos la exclusiva de nueva formación, nueva política y nueva gente. Pero a Rivera le acabó pasando lo que Helen Hunt le decía a Jack Nicholson en Mejor imposible: la primera vez que te vi me pareciste atractivo, pero de repente hablaste. El calentón de Cataluña fue la gasolina que lo puso en la cima de las encuestas. Vargas Llosa lo bendijo, Aznar lo llamó relevante y Alfonso Guerra lo aplaudió por coherente. Así que se sintió futuro presidente. Pero, como Jack Nicholson, entonces habló. Y todo empezó a empeorar. Salvo España y españoles no tenía nada que decir. Ganaron en Cataluña y fueron incapaces de ofrecer nada. Cifuentes, la moción de censura y la memoria histórica demostraron su lugar y sus prioridades. La corrupción no era tanto problema para ellos, ni el incienso apolillado del nacionalcatolicismo, ni el tufo de la simbología franquista. Seguía siendo derechona. Encima en el PP gana Casado y, de futuro presidente, pasa a ser la segunda voz de un dúo cómico. Echa de menos a Cataluña y anda buscando algún asunto que, como entonces, enfade, embrutezca y arme bronca. Así que está probando con la inseguridad, a ver qué pasa. España es uno de los países más seguros de Europa. Pero tiene más presos que nadie y el PP endureció las leyes para que hubiera más delitos que nunca. Ahora C’s quiere más: quiere alarma, habla de mafias y de situación límite (por cierto, ahora Alfonso Guerra no dice nada). Pero en brutalidad le está ganando la partida Casado. Casado parece un facha más creíble, aunque sigue la partida.

Casado recupera el estilo de Aznar, pero poniéndolo al día. En democracia, no hubo nada más de derechas que Rajoy, nadie cultivó la desigualdad con más impiedad ni fue más sectario que él. A Aznar se le recuerda como más radical por otro motivo. Es por la manera en que desfiguraba al oponente. Rajoy fue un extremista en sus políticas. Aznar fue un extremista en el debate público. Llevó al límite la máxima de Goebbels de hacer de todos mis enemigos un solo enemigo: ETA y Zapatero no eran dos rivales distintos sino el mismo. La manera de considerar antisistema y terrorista todo lo que no fuera él provocaba un debate bronco donde todo el mundo participaba indignado. No consiguió que sus votantes fueran más de derechas, pero sí que odiaran más a la izquierda y así se petrificó el voto conservador a prueba de bomba. Por ahí va Casado. Ya no tiene terroristas ni muertos que manipular. En Europa aumentaron los decibelios de extrema derecha y Casado actualiza la bronca con los nuevos aires. Así que empezó a delirar hordas de millones de inmigrantes a punto de tirar nuestra murallas y tomar nuestra patria. O toca los impuestos, eterna demagogia de la derecha. Si el PSOE y Podemos andan pensando en subir los impuestos a los ricos, Hernández y Fernández cantan a dúo que «van a subir los impuestos», que nos quieren llevar nuestro dinero. Las derechas están siendo muy reconocibles. El problema es que el PSOE, tras tanto traspiés, también vuelve a ser reconocible.

Tiene un sabor característico la manera en que la hinchada socialera defiende los méritos de Begoña Gómez para su chollo en el Instituto de Empresa y el orgullo que proclaman de la agenda transformadora de Sánchez y de la vuelta a la justicia y la igualdad. El PSOE considera el poder como un fin y a sus proclamas sobre paz, igualdad de género o justicia social les pasa lo que a los personajes de Richard Gere y a ciertos guisos, que siempre saben igual, siempre saben a PSOE en el poder justificando la bondad de estar en el poder como si ese hecho fuera en sí mismo un desenlace feliz. Una parte de la tarea de mantenerse en el poder es no arriesgarse en batallas que sean difíciles de ganar. El PSOE renuncia con facilidad a sus propias ideas por un pragmatismo que resulta más de un bajo compromiso con ellas y de falta de combatividad que de imposiciones objetivas de las tareas del poder.

El problema es que ni siquiera las confronta en el terreno ideológico en estos tiempos de intoxicación. A la propaganda ultraliberal se suma ahora la demagogia ultraderechista. Es más importante que nunca la confrontación de ideas y desenmascarar falsedades y falacias. En España no hay ningún problema con la inmigración. Es una tarea permanente como cualquier otra. Casado quiere alarmar con tácticas de ultraderecha con un tema en el que fácilmente la gente se asusta. Pero el PSOE no está diciendo que no pasa nada nuevo ni especial ni alarmante con la inmigración y que la única novedad es que hay más griterío fascista en Europa. En lugar de eso, Sánchez deja que la población interiorice que hay un problema y se deja ver con Merkel para que la gente vea que está solucionando el problema que se inventa la derecha. El estado de bienestar no está en peligro porque la gente se jubile, enferme o porque los jóvenes necesiten ayudas para su formación. La amenaza no es el gasto sino los ingresos. El PSOE más que nadie debería explicar que subir los impuestos a los ricos no es subir los impuestos: es subírselos a los ricos. Rivera y Casado quieren bajar el impuesto sobre el patrimonio y el tipo máximo y eliminar el impuesto de sucesiones. Es decir, quitar o bajar los impuestos de los ricos. Eso es lo que amenaza el estado de bienestar, eso y que las empresas del Íbex ganen más y tributen menos. No se trata de que el PSOE haga milagros, sino que se reafirme en el discurso ideológico con el que se presenta, en vez de dejar que liberales asilvestrados, ahora con aderezos ultraderechistas, convenzan a la gente de que los inmigrantes nos invaden, de que las mafias mandan en las calles y de que no puede haber pensiones y becas porque el Estado no aguanta. ¿Recuerdan el papelón del gobierno asturiano con aquella demagogia del impuesto de sucesiones?

Pero, como dije, el PSOE está siendo perfectamente reconocible como lo que venía siendo. Sigue orillando enfrentamientos incómodos con los poderosos, sigue sin afirmar con energía ideas claras y sin enfrentar las intoxicaciones con las que se pretende erosionar nuestro sistema de protección. A pesar de sus eficaces operaciones de imagen, esta etapa de Pedro Sánchez corre el peligro de recordarnos por qué nos pareció adecuado hace no tanto hablar de una casta política. La indignación sigue ahí y hay que tener cuidado con qué es lo que la inflama. Porque ahora ya deberíamos saber que el populismo en España está en la derecha, no en Podemos.

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