Trump y sus armas

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Esta vez el presidente estadounidense, Donald Trump, no ha sorprendido a nadie, quizá porque su decisión de favorecer el presupuesto militar de su país era más que previsible. Trump, obsesionado con mostrar al resto del mundo más músculo que la competencia, ha presumido una vez más de contar con el Ejército más fuerte y mejor dotado del mundo. Algo así como El imbatible, sea cual fuere el frente de combate.

Pero esta vez hay que decir que, en esta lógica, no es el primer mandamás estadounidense que alardea de un presupuesto militar sin parangón en el resto del mundo.

El suyo es el mayor, cierto, pero también lo fueron los de sus predecesores. Quizá porque en realidad ningún presidente de Estados Unidos se puede permitir el lujo de perder el liderazgo en esta particular clasificación.

Donald Trump ha firmado en Fort Drum el presupuesto para 2019 y resulta que la cifra total, como era de esperar, no tiene igual en el resto de los países del mundo. ¿Convierte esto al presidente en un militarista peligroso, como quieren hacernos creer algunos? Es cierto que a Trump le gusta alardear de la fuerza de Estados Unidos, pero es poco partidario de las guerras-chicle, es decir, de esas que pueden estirarse y amenazar con no acabar. Quiere tener la mejor estructura militar para que nadie le pueda toser o armarle un lío, pero lo que de verdad le gusta es el poder que de ello se deriva a la hora de amparar sus decisiones.

De este modo, su poder militar no tendría por objeto hacer una guerra concreta, sino evitarla, poniendo por delante la desproporción de los medios militares a su favor. Trump es, a su modo, un hombre de negocios que busca las condiciones más favorables para mejorar las ganancias de su país y quizá también las suyas, porque en su cabeza eso de los límites es quizá la parte más confusa.

Está claro que le gusta amenazar y dar espectáculo, sin dejarse atrapar en líos bélicos interminables. Su idea de los negocios es que se hacen mejores con fuerza que sin ella, pero sin enredarse en aquello que justamente los obstaculiza: las guerras que no se acaban. Por eso el orgullo militar de Trump es menos peligroso de lo que cabría creer. Es más de temer su odio por el periodismo libre, objetivo y democrático. Pero de esto mejor hablaremos otro día.

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