Un estadista de verdad

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Kofi Annan hizo historia en la ONU. Y no solo por ser el primer africano negro en ser su secretario general, sino también por ser un estadista de verdad, de esos que no abundan ahora. Su elegante porte, dotes de comunicador y afabilidad innata le hicieron tener más afines que detractores, y le llevaron a ser uno de los diplomáticos más duraderos y más reconocidos. Lidió con algunas de las mayores crisis del siglo XX y del XXI: desde el 11-S y la invasión de Irak a las guerras de Kosovo y Siria. 

Confesó a sus biógrafos que la principal lección que aprendió en el internado de élite al que le enviaron sus padres fue que «el sufrimiento afecta a todas las personas del mundo por igual». Una idea que le inspiró en su labor de principal diplomático del mundo. Y desde luego lo consiguió. Sus esfuerzos por dar nueva vida a la atribulada ONU le convirtieron en la conciencia moral del mundo y recibió el Nobel de la Paz por ello. Su independencia ante las grandes potencias quedó patente en su enfrentamiento con Bush a cuenta de la invasión del Irak de Sadam Huseín.

También hay sombras, por supuesto. Las que más lamentó es no impedir el genocidio en Ruanda y la masacre de bosnios por las fuerzas de Ratko Mladic en Srebrenica como jefe de las operaciones de paz de la ONU. La que más daño personal le provocó fue la implicación de su hijo en el escándalo del programa Petróleo por Alimentos para Irak. Pero hasta su muerte trabajó por la paz y los derechos humanos de la mano de otro grande, Nelson Mandela.

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