Una etapa nueva, pero incierta


Recibió muchas críticas Pedro Sánchez cuando afirmó que su llegada al gobierno suponía un cambio de época. Pudo sonar pretencioso, pero es cierto que el triunfo de la moción de censura pasará a la historia, al menos, como un hito en un proceso que se inició en 2010 y todavía no ha finalizado. Otra cosa es adivinar lo que vendrá después.

Es satisfactorio que tanto la crisis económica como la corrupción hayan tenido consecuencias políticas, lo malo es que todavía no sabemos exactamente lo que ha cambiado, ni lo que realmente cambiará en los próximos meses o años y para traer qué. Lo único seguro es que se ha pasado de dos grandes partidos que se alternaban en el poder a cuatro fuerzas con amplia representación en el parlamento y posibilidad de acceder al gobierno, también que se ha renovado la dirección de los primeros. Es importante, pero queda por conocer si esto se traducirá en reformas profundas o superficiales y si el nuevo mapa político se consolidará, todavía hay quien espera la vuelta del bipartidismo.

Hace unos días pude ver la serie italiana 1993, que, como la precedente 1992, pasó en nuestro país casi desapercibida en un canal de pago. Sería recomendable que las dos se emitiesen, de forma sucesiva, en abierto. Italia vivió con el descubrimiento de lo que se dio en llamar Tangentopoli una crisis que recuerda mucho a lo sucedido años más tarde en España. Hay diferencias notables, allí la corrupción era más generalizada, todo el sistema de partidos se hundió, aunque la agonía del antiguo PCI se prolongase más en el tiempo gracias a continuas transformaciones, que han logrado que hoy pueda dudarse si el desprestigiado PD es realmente heredero de los comunistas o de la Democracia Cristiana. En 1993 se hablaba del nacimiento de una Segunda República, el entonces PDS, todavía no había dejado de considerase de izquierda, creía que llegaría por fin al poder. En medio de la crisis del régimen, existía esperanza en un verdadero cambio. Lo que llegó fue el ascenso de Berlusconi, de los posfascistas de Fini y de la racista y entonces separatista Liga Norte. El PDS se fusionó con un sector de la Democracia Cristiana, perdió la «S» y se alternó en el poder con el corrupto millonario, aunque la mayoría de los primeros ministros a los que encumbró eran tecnócratas o procedían de la vieja DC. La Constitución no ha variado, sí las leyes electorales, a cada cual más disparatada. Ni el más optimista se atrevería a afirmar que ha desaparecido la corrupción, tampoco la mafia, aunque se haya vuelto más discreta y menos violenta y se haya encontrado con una valiente movilización social de rechazo en Sicilia.

España tiene una ventaja importante, el Estado, las instituciones, la administración, funcionan mejor, son más eficientes que en Italia, y la corrupción parece haberse quedado en una parte de la llamada clase política. El populismo contamina a todos los partidos, es una enfermedad que, con mayor o menor virulencia, sufren todas las democracias, pero no ha aparecido nada comparable al berlusconismo, a la Liga, ya panitaliana y cada vez más abiertamente simpatizante con el fascismo mussoliniano, o los grillini, un movimiento que absorbió buena parte del voto de izquierda para coaligarse con la extrema derecha. De todas formas, es preocupante que el PP solo haya asimilado a medias la lección, hubo muy poca autocrítica en el último congreso y continúan las cortinas de humo sobre las verdaderas causas del triunfo de la moción de censura. Mal va a contribuir al cambio necesario si el objetivo de la nueva dirección es volver a la época de Aznar, la que generó la mayor corrupción.

Tras el giro a la derecha que supuso la victoria de Casado, Ciudadanos tiene una oportunidad de ocupar parte del centro político, pero su error en la moción de censura lo ha dejado descolocado. Cometería una grave equivocación si pretendiese competir con el PP desde el radicalismo derechista y redujese todo su programa político a combatir los nacionalismos subestatales. El PP tiene una organización muy consolidada en todo el país, menos en Euskadi y Cataluña, y, salvo que le sigan creciendo enredaderas, parte en esa lucha con ventaja, más si el rival se dedica a echarle capotes, como sucede en León, donde los naranjas se ven enredados en la misma trama de corrupción y, quizá por ello, parecen dispuestos a salvarle la alcaldía.

La alternativa de cambio vuelve a estar en la izquierda, pero debe actuar con inteligencia. El PSOE no tendría que obsesionarse con finalizar la legislatura. Podría sacar adelante con facilidad dos reformas que tendrían gran repercusión social: la de la legislación laboral y la de la ley mordaza. Si lograse exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos se produciría en la sociedad española, incluso en sectores conservadores, una sensación de alivio similar a cuando te extraen una muela que lleva demasiado tiempo incomodándote. Las elecciones podrían celebrarse en primavera, coincidiendo con las autonómicas y municipales. Si así fuese, una prórroga de los presupuestos no tendría que preocupar.

Prolongar un gobierno con minoría parlamentaria es peligroso. Ahora suena a broma que quienes estuvieron siete años en el poder clamen por el estado de las carreteras, la falta de inversiones o los problemas de la educación, pero dentro de un año esas críticas serán más creíbles. Lo mismo sucede con el conflicto catalán.

No es fácil la situación de Unidos Podemos. Un apoyo sin condiciones al PSOE solo favorecería al partido gobernante, pero un maximalismo que impidiese aprobar en las Cortes las reformas que más demanda la sociedad podría llevar a una convocatoria inmediata de elecciones, en la que aparecerían como responsables de que siguiese en vigor la legislación del PP. Su actuación tiene que poner en evidencia la utilidad del voto que han recibido, tanto en la negociación de las leyes como en el control del gobierno. Es decir, que es útil para que se realicen políticas de izquierda. Firmeza y pragmatismo, una combinación que nunca es sencilla, pero que resulta imprescindible en una situación política excepcional y transitoria.

Será la mayoría que salga de las próximas elecciones la que tendrá la responsabilidad llevar a cabo las reformas que permitan afirmar de verdad que se ha entrado en una nueva época y que ha sido para bien. Constituirla será más fácil que en 2015, parece que todos se han convencido de que será imposible gobernar en solitario.

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