La ceguera de Europa

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Esta Europa próspera y vieja, además de extraviar los principios humanistas que la hicieron grande, se está quedando ciega. Las cataratas le nublan la vista. Cada vez más ensimismada, se afana en tapiar puertas y ventanas para impedir la entrada de inmigrantes que supuestamente vienen a desvalijarla, robarle el empleo, dinamitar su tranquilidad y mancillar su cultura. Impermeable, acorazada en sus prejuicios y arrastrada por la avalancha de creciente xenofobia que la recorre, solo aprecia el bulto de la amenaza donde se dibuja la silueta de una oportunidad -tal vez, única- para rejuvenecer su pirámide de población y apuntalar su bienestar.

La ceguera de esta Europa próspera y vieja le impide ver que los inmigrantes aportan más de lo que reciben. Que toda economía produce más bienes si dispone de más brazos y cerebros. Que ese vecino de piel oscura u ojos rasgados vive en algún sitio, come, se viste y compra en el súper: acrecienta la demanda y crea, directa o indirectamente, su propio empleo. Y algo menos obvio, pero documentado en montones de sesudos estudios empíricos: quienes emigran por razones económicas son más jóvenes, más activos, más emprendedores y con menor aversión al riesgo que los nativos. Con ellos aumenta la productividad, es decir, la renta por habitante del país de adopción. En términos económicos, el problema no reside en que quieran entrar. El problema sería que no quisieran venir.

La miopía de esta Europa próspera y vieja no le deja ver más allá de su nariz. Padece el síndrome del cortoplacismo político, que no percibe sino los costes del choque inicial y la ardua integración. En algún lado he leído un ejemplo que lo explica mejor que una tesis doctoral. Cuando nace un niño desciende el PIB per cápita, porque solo acarrea un coste. Cuando nace un ternero aumenta el PIB per cápita, porque significa un ingreso adicional. Quizás por eso las opulentas sociedades occidentales prefieren, en su cortoplacismo, aumentar la producción ganadera que mejorar las tasas de natalidad. Pero me reconocerán que a medio plazo, cuando el niño se convierta en adulto, su trabajo compensará con creces los costes ocasionados y creará bastante más riqueza que la mejor vaca de la explotación.

La ceguera de esta Europa próspera y vieja se traduce en paradoja. El caso alemán resulta paradigmático. Mientras la canciller Angela Merkel busca cómo sacudirse de encima a los refugiados, para apaciguar a sus socios ultras, su Agencia Federal de Empleo advierte que Alemania necesita duplicar el número de inmigrantes que llegan cada año: 400.000 en vez de 200.000. Y las cámaras de comercio añaden que la falta de mano de obra le cuesta a Alemania cada año 30.000 millones de euros. Lo contaba Patricia Baelo, desde Berlín, en estas páginas: «El enorme flujo de inmigrantes que ha llegado al país desde hace tres años no ha provocado un alza del desempleo, que roza mínimos históricos, sino todo lo contrario».

Lo dicho: Europa se deshumaniza y está perdiendo la vista.

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