El secreto más conocido del presidente

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Hace un mes cometió Pedro Sánchez un error incompresible. Un error impropio, además, de quien lleva tres meses en la Moncloa y se comporta, pese a ello, como si llevara gobernando dos legislaturas y padeciese ya ese síndrome que impide, al parecer, a los inquilinos del palacio presidencial distinguir con claridad lo que millones de ciudadanos corrientes y molientes apreciamos sin problema: qué está bien y qué esta mal. 

El presidente se fue a un concierto de rock a Benicàssim, ciudad situada a cuatro horas en coche de Madrid por autopista. Pero en lugar de viajar en tren o en automóvil, lo hizo en el avión presidencial, lo que supuso un coste económico muy superior para las arcas del Estado. Resulta increíble, por supuesto, que rodeado el presidente de una nube de asesores para todo, ninguno tuviese la sensibilidad (¿quizá el coraje?) de decirle que su viaje iba a ser motivo de una escandalera, pues la utilización de un avión oficial para asistir a un acto privado sería denunciada como lo que era a todas luces: una torpeza injustificable.

Pero, fuera por lo que fuera, ni el presidente vio algo que resultaba claro como el agua (sin duda, una muy mala señal para el futuro), ni nadie supo o quiso advertirle de lo que se le vendría encima a quien llegó al Gobierno haciendo ondear la bandera de la regeneración de nuestra democracia.

En condiciones normales, el escándalo se habría esfumado en unos días: el presidente, aunque de mala gana, pediría disculpas, y a otra cosa mariposa. ¡Pero no! No, porque la vicepresidenta del Gobierno salió rauda en socorro de su jefe… y logró hundirlo un poco más. Calvo sacó pecho y justificó el viaje del presidente como parte de su «agenda cultural de noche», lo que, como era de esperar, originó un inmenso pitorreo. El pitorreo escondía, en realidad, algo de indudable gravedad: el desprecio a los ciudadanos, pues solo a quien no tiene problemas para faltarles al respeto, o conciencia de que lo hace, se le ocurre la idea peregrina de incluir en la agenda oficial del jefe del Gobierno su asistencia, como simple espectador, a un concierto, para justificar así la utilización de un avión presidencial.

El final de la historia -al menos, de momento- culmina el inaceptable traspié de Sánchez y la tomadura de pelo de su vicepresidenta, que raya en lo pueril, en un rasgo autoritario de un Gobierno que parece haber perdido el rumbo antes incluso de haber fijado sus propósitos con un mínimo rigor. Y es que, ¡pásmense!, el Ministerio de la Presidencia, del que Calvo también es titular, ha decidido considerar el viaje del presidente a Benicàssim como «un secreto oficial sobre el que no puede revelarse información por ser clasificada». Así, una gran torpeza acaba en un abuso de poder incalificable que demuestra que el deterioro de los usos democráticos exigibles a cualquier Gobierno avanza con el de Sánchez a paso de gigante.

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