Héroes


Decir que John McCain fue un héroe por luchar para su país en Vietnam, donde los estadounidenses se dedicaron a freír con napalm a la población local, es una más de esas convenciones de lo políticamente correcto que a menudo difundimos desde los medios de comunicación. ¿Es un héroe un veterano de la guerra de Irak por contribuir a derrocar a Sadam -con la excusa falsa de unas armas de destrucción masiva- y sumir al país árabe en el caos? ¿Puede serlo para Alemania un soldado nazi que haya combatido en la Segunda Guerra Mundial?

Quizá algunos siguen pensando que la incursión norteamericana en la península Indochina para extirpar el «demonio rojo» fue una especie de guerra santa en la que todo estaba justificado. Por ejemplo, el lanzamiento de más de 7 millones de toneladas de bombas, el triple de las usadas por EE.UU. en Europa y Asia entre 1941 y 1945. O el uso de productos químicos defoliantes para arrasar la tupida selva, que provocaron graves enfermedades, defectos en bebés y el envenenamiento de la cadena alimentaria, además del desplazamiento forzoso de miles de campesinos y sus familias.

Habría que recordar qué era el Agente Naranja -por cierto, fabricado por Monsanto, ahora adquirida por Bayer- y explicar sus efectos, antes de rasgarse las vestiduras por los supuestos ataques con armas químicas en Siria. Otro de esos avisperos que Washington agita periódicamente y cuyas consecuencias son letales para cientos de miles de civiles y para la estabilidad de regiones enteras.

Podemos buscar héroes en muchos sitios, y a menudo en situaciones de la vida cotidiana que no tienen nada que ver con aquellas hazañas bélicas que huelen «a victoria», como expresaba Robert Duvall en Apocalypse Now. Pero, en la guerra, no vamos a encontrarlos.

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