La inquietante levedad de Sánchez

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Pedro Sánchez no sabía que subir el techo de gasto tenía tantas complicaciones. Ni que la flexibilidad de Bruselas en la senda del déficit habrá que pagarla a la vuelta de la esquina. Ni que cambiar el marco laboral tenía tantos efectos secundarios. Ni que la dinámica de insostenibilidad de las pensiones se come de un solo bocado cualquier receta rebozada en populismo. Nadie le había dicho que la gestión de la inmigración no admite buenismos ni lucimientos; ni que el mantra del diálogo carece de futuro cuando la Generalitat no acude a ninguna reunión, ni se le pone al teléfono, ni deja de buscar el enfrentamiento. Y nadie le había advertido que los bancos, si los aprietas, pueden cambiar de domicilio; ni que las empresas no pueden competir sin beneficios; ni que la financiación del Estado se basa en una finísima red de equilibrios que es infinitamente más fácil romperla que zurcirla. Por eso levita sobre la Moncloa. El gran estratega de la censura tampoco imaginó que desenterrar a un muerto es más difícil que enterrar a un vivo; ni que un cementerio no pierde sus características esenciales porque le arranques un cadáver; ni que las realidades rocosas, hipogeas, preñadas de sentimientos y coronadas por la cruz más grande del mundo, siguen siendo lo que son, aunque le cambies el nombre. 

Y tampoco le advirtieron que de un favor a Ximo Puig iban a nacer diez agraviados; ni que las cesiones a Podemos son incompatibles con ser -o parecer- un hombre de Estado; ni que Iglesias está obligado a ganarle varias partidas, humillándolo si es posible, si no quiere desaparecer; ni que muchos de sus aliados -En Marea, los independentistas, IU, el PNV- tienen intereses que se contradicen en todo con los del PSOE. Sánchez, en definitiva, se está encontrando con que gobernar no se parece nada a lo que él había imaginado.

Nunca pensó que su ministro más valorado iba a ser el astronauta mudo e invisible; ni que meter a los jueces en Interior es como fumarse un puro en un taller de pirotecnia; ni que el viejo Borrell no puede quemar su currículo para satisfacer a los independentistas; ni que Batet iba a estar muy por debajo del embolado que le encargaron; ni que las obviedades que cimentaron el mito de una Carmen Calvo supersónica iban a agotarse tan pronto.

Y tampoco tuvo en cuenta que no se puede hacer política internacional cantando la milonga de Cuelgamuros; ni llamando a un pueblo hambriento, preso de un Estado fallido, a dialogar con Maduro en los mismos términos y con las mismas expectativas -¡cero patatero!- que Cataluña nos ofrece aquí.

Por eso abrimos el curso político con la inquietante amenaza de un presidente cuya levedad lo asemeja en un frágil papaventos que tiene la cuerda en manos del audaz e inexperto Iglesias; y cuyo único futuro consiste en mantenerse a flote, y durar, como aquel nardo de Antonio Lussich: «Yo tuve un nardo una vez /y lo acariciaba tanto / que su purísimo encanto / duró lo menos un mes».

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