Jugar con fuego


Las instituciones europeas han hecho análisis racionales y sosegados sobre la conveniencia del cambio horario estacional a lo largo de las últimas décadas. Tras esos informes, la conclusión era siempre la misma: mantenerlo. Las razones obvias tienen como base la enorme variación de exposición solar que sufre Europa a lo largo del año, debido a la inclinación del eje de rotación terrestre respecto al de traslación (que hace que en España la diferencia día-noche llegue a variar más de 6 horas cada 3 meses, o 10 horas en Alemania; una variación natural que no lleva a nadie a la locura).

Ahora, la inestable Europa se abandona a la política del like y rompe esa serenidad, tras una consulta web en la que ha participado menos del 1 % de la población de la UE y en la que 2 de cada 3 votantes han sido alemanes. Para colmo, el detonante de este movimiento es una petición de Finlandia, un país con unas condiciones extremas, ya que parte de su territorio pasa de 24 horas de luz solar a 24 horas de oscuridad en 6 meses. Es preocupante ver cómo razonamientos de un país polar se extrapolan al resto, es preocupante ver que hay personas que razonan sobre este asunto como si la Tierra fuese plana, es preocupante ver que aún hay gente que te dice que hay un «huso horario correcto» (la gran falacia de estas discusiones: otorgar un carácter absoluto a algo que es solo una marca de referencia). Pero lo más preocupante es lo que nos viene encima: elegir el de verano o el de invierno, un proceso en el que la saludable estabilidad horaria europea puede saltar por los aires.

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