Rectificar es de sabios... o de necios

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Siempre me pareció una solemne tontería aplicar a la gestión política el aforismo atribuido al poeta británico Alexander Pope: «Errar es humano, perdonar es divino y rectificar es de sabios». Si cada rectificación nos acerca al reino de la sabiduría, muchos debemos estar ya en la antesala de la excelencia. Y Mariano Rajoy debe ser el más sabio entre los hombres, porque su Gobierno se hartó de rectificar y corregir sus posiciones iniciales en materia de impuestos, de aborto, de transparencia, de tasas judiciales, de becas y de la intemerata. Y Pedro Sánchez, a juzgar por su frenesí rectificador, lleva camino asimismo de convertirse en un Einstein. Porque su Gobierno, sin entrar todavía en aguas procelosas, no para de dar bandazos.

La lista de la vergüenza, donde figuran los amnistiados de Montoro, no verá la luz «desgraciadamente». El Aquarius -la política migratoria-, que navegaba escorado a babor, ahora gira a estribor. La defensa del juez Llarena ante el ataque de Puigdemont pasa de asunto privado a cuestión de Estado. El impuesto a la banca se diluye en la etérea demanda de la tasa Tobin. Y así, suma y sigue, ¿hasta cuándo?

Rectificar, al igual que su contrario -el «mantenella e no enmendalla», que sostenía el padre de doña Jimena, en Las mocedades del Cid-, no es bueno ni malo, ni de sabios ni de necios. Depende, que diría el gallego del tópico. Probablemente una de las frases más recurrentes de la oposición, durante estos cuarenta años de democracia, ha sido esta: «El Gobierno solo acierta cuando rectifica».

La usaron Fraga contra González, Rajoy contra Zapatero y los socialistas contra Rajoy. Obviamente, no pretendían indicar que una luz divina había inspirado la retractación del Gobierno de turno, sino simplemente que este se había desdecido de su programa o de sus principios y se había acercado a sus posiciones.

Cuando Rajoy retiró su proyecto de ley del aborto, rebajó las tasas judiciales que había subido a las nubes o se olvidó de su promesa de derogar el matrimonio homosexual, muchos aplaudimos la rectificación.

Y muchos otros, con Gallardón al frente, se disgustaron e incluso lo acusaron de traición. Ahora las tornas han cambiado.

A mí -y discúlpenme la autocita-, algunas de las sucesivas rectificaciones de Pedro Sánchez no me agradan en absoluto. Presuponía que los buques de la derecha y la izquierda seguían rutas diferentes, hacían escala en riberas opuestas y prestaban servicio a pasajeros de distinta condición.

Y empieza a cundir la impresión de que los cambios de rumbo de Sánchez escoran el barco, en general, hacia aguas territoriales de la derecha.

Desde la moción de censura, el presidente arrastra un problema insoluble: mantenga o modifique su rumbo, la derecha no le dará tregua hasta que naufrague.

Y en el horizonte comienza a emerger un escollo adicional: que se sientan defraudados quienes soplan las velas de su frágil embarcación.

Los mismos que aplaudían las sabias rectificaciones de Rajoy y ahora empiezan a silbar las necias rectificaciones del presidente socialista.

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