Los Analógicos


Solo los ancianos guardaban recuerdo y memoria de lo que pasó. La historia del pueblo de los Analógicos era la historia de una permanente adaptación a los rápidos e implacables cambios del medio ambiente. En un pasado muy lejano tuvo que sobrevivir a un medio físicamente hostil, el frío, el hambre, las enfermedades y un sinfín de depredadores no consiguieron extinguirlos. Se adaptaron.

Contaba con una inteligencia natural destilada de los primates superiores con la que logró desarrollar un arma letal: el lenguaje. Con él conquistó la supremacía absoluta sobre el mundo en el que vivía, pero creó otro mundo paralelo mucho más inhóspito y peligroso, descubrió las pasiones, los relatos, los odios, las lisonjas, envidias y avaricias... Desde entonces los analógicos no han dejado de luchar contra sí mismos importándoles un pimiento el mundo sobre el que viven: los océanos, los animales, el aire... todo era un botín.

En el mundo que construyeron los cambios de ambiente eran mucho más rápidos y contundentes y muchos de ellos se extinguieron presos de la angustia y el abatimiento que produce la impotencia de la incapacidad.

Pasaron del fuego a la electricidad, del carbón al uranio, del telégrafo al Skype, del músculo al robot y se adaptaron, pero en cada cambio se extinguieron millones de artesanos, de generaciones dedicadas a un mismo afán, de analógicos que se resistieron al cambio pagando con la vida.

Los analógicos más avispados descubrieron el negocio que suponía poder cambiar el mundo para ir seleccionando a los analógicos de pura raza, aquellos capaces de pagar por adaptarse consumiendo gadgets e ideas nuevas. Crearon realidades sociales simultáneas: Comunistas, fascistas, nacionalistas, liberales y dioses capaces de subyugar a millones de almas... No hubo nadie que no comprara alguna de las propuestas dejándose guiar por ellas.

Quienes no consiguieron adaptarse tomaron consejo benedictino y pusieron en práctica la fórmula del coraje para luchar hasta la muerte por lo que merezca la pena cambiar, resignación para asumir aquello que no se puede cambiar e inteligencia para saber qué se puede o no cambiar. Se resignaron y no fueron capaces de renunciar al papel, a la comunicación vis a vis, a la música con tacto y al olor de los libros.

Ahora andan en plena refriega combatiendo por la supervivencia del taxi, de los hoteles y pensiones, de los restaurantes, bares, cines, discotecas y cortejos con rubor y saliva que conocieron hasta la fecha. Es guerra perdida porque la mayoría ya habita en un mundo distinto al que ellos defienden.

Algunos ancianos analógicos sostienen la teoría de que los cambios supersónicos de los últimos años han conseguido transformar la especie, dicen ya no somos sapiens analogicus sino sapiens digitalis. Será verdad.

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