El megáfono de Vich es fascismo

Plaza Mayor de Vich
Plaza Mayor de Vich

El iceberg catalán de Torra o el Titanic español de Sánchez: no se sabe qué es peor. El primer error ha sido reconocer que hay dos bandos. Bandos que son más bien dos bandas. Los lazos amarillos van a teñirse de negro como sigamos pisando cristales rotos.

El mensaje que el ayuntamiento de Vich lanza a las ocho de la tarde por la megafonía pública incitando a la independencia es fascismo, puro y duro, tan fascista como lo es el ministro italiano Salvini. No se puede suavizar de otra manera. El intenso sonido de campanas que precede a la arenga que escucha la ciudad es lo que se conoce como llamada al somatén, que era la manera de convocar a las unidades armadas cuando un territorio municipal estaba en peligro. Un puro disparate, otro, al estilo de comité de defensa de la inexistente república. Como Torra inaugurando una exposición en la que la imagen del rey Felipe VI se utiliza para hacer burda burla.

Hace tiempo que mucha gente en Cataluña ha asumido que el rey de España es un rey de baraja, no más. Rivera, que tanto contribuyó con su impaciencia al entierro por odio masivo de Rajoy, no ayuda erigiéndose en agitador para salir en las fotos y liándose a deshacer lazos amarillos. Un incendio no necesita más fuego. Y mientras el presidente Sánchez en Costa Rica o por ahí lanzando bravatas de un 155 que no puede cumplir con esa minoría absoluta que lo sustenta, en la primera vez que una campaña electoral se dirige desde Moncloa y con decretos.

La situación no puede ser más delicada. Este conflicto no se enfría en una cámara frigorífica ni en el invierno de Oslo. Nadie quiere arreglar nada. Esa es la verdad. En Madrid muchos están encantados con los pérfidos catalanes. Y en la Cataluña más rural e interior están felices con esa teoría de que Franco sigue vivo. Para ellos, todo viene de que España es franquista. No sé para qué el empeño de Sánchez en exhumar a Franco, cuando está todavía vivo y gobierna en Cataluña, si atendemos a la propaganda de Torra.

Este personaje supera a Puigdemont, y todo sería muy gracioso si no estuviésemos poniendo en peligro vidas. Parecía imposible superar en descalabro a Puigdemont, pero Torra lo ha logrado. Utilizan las palabras democracia y referendo como coartadas. El escritor Eduardo Mendoza no hace mucho recordó que esa Cataluña edénica e idílica no existe y que no hay que remontarse tanto para encontrar una Sagrada Familia que no eran capaces de acabar nunca, un bingo que funcionaba en la Pedrera y un plan muy serio para derribar el Palau de la Música. El autor añadía con bisturí de honrada tinta: «Desde entonces, la costumbre de adaptar la historia a las conveniencias del momento ha sido un rasgo distintivo de la identidad catalana». Retuercen el cuello al cisne como si estuviésemos en medio de un Barça-Real Madrid. Pero no es de fútbol el partido que está en juego.

El nefasto Torra sonríe satisfecho con las proclamas de la megafonía de Vich, cuando debería echarse a llorar. Hechizar a un pueblo con paso firme hacia un acantilado no es gracioso. Cuando un asunto se convierte todo los días en viñeta, es que nadie piensa en serio en una solución. Hasta Rajoy, de la mano de Rivera y en teoría con el apoyo de Sánchez, aplicó un tibio 155 que fue como tomarse una tila o una manzanilla.

¿Dónde están los sensatos? Pues enmudecidos, con miedo y, sobre todo, muy solos.

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