Guadarrama


Volvía a Madrid en coche. En la radio hablaban de la polémica del Valle de los Caídos y de repente apareció ante mí la sierra del Guadarrama, poderosa, misteriosa; y la boca de su túnel, como unas fauces.

Guadarrama. Después de que Velázquez y Goya la pintasen como fondo para sus cuadros de reyes y príncipes, la sierra se convirtió, a finales del siglo XIX, en la montaña sagrada de los librepensadores españoles. Creían los filósofos entonces en toda Europa que ascender a las montañas mejoraba moralmente a la sociedad, y en España el Guadarrama, el pedazo de naturaleza a distancia mas cómoda de Madrid, fue el lugar preferido. La Institución Libre de Enseñanza, que era entonces de lo mas moderno, organizaba excursiones periódicas para sus alumnos. Las aventuras de estos señoritos progresistas allí se leen ahora como un cuento de Enid Blyton: un día les persiguió un toro, otro día les sorprendió una fuerte tormenta y se perdieron…

El Guadarrama estaba destinado a convertirse en el paraíso secreto de la España laica y moderna. Pero no había de ser, porque vino la guerra, y, por una cruel ironía, pasó a ser la primera línea de frente. En los rincones que habían cantado los poetas la maleza oculta hoy los viejos nidos de ametralladoras, y el recorrido que habían hecho los jóvenes institucionistas equipados de idealismo ingenuo es el que hacen luego los desencantados personajes de Por quién doblan las campanas? de Hemingway. La montaña mágica había sido profanada y aun lo sería más. Fue Franco entonces quien decidió convertir el Guadarrama en su montaña sagrada (quizá toda la guerra civil no fue mas que una lucha por este símbolo). El Generalísimo hizo construir allí lo que parece una extraña mezcla de cementerio y cárcel, donde no se sabe si los soldados de ambos bandos continúan la guerra hasta hoy o han hecho las paces (imposible cerciorarse en el secreto de la muerte). Mientras tanto, en el exterior, el Guadarrama rehusó esa solemnidad macabra del franquismo y se convirtió en el campo de los sueños de la España de la época. De un lado del Valle de los Caídos se rodó Marcelino, pan y vino; del otro Bienvenido, Mr Marshall. Por allí cabalgaron el Cid de Samuel Bronston y Clint Eastwood. Kirk Douglas, Espartaco, trató de poner a salvo a los esclavos de Roma en Colmenar Viejo. A la altura de los setenta, a los escolares nos llevaban a ver el Valle ya por pura rutina. A mí, empapado de cine de tarde de sábado, el interior me recordó una escena de Las minas del rey Salomón.

La verdad es que a Franco, que nunca pidió enterrarse allí, se le depositó en el Valle de los Caídos para olvidarse mejor de él, porque para entonces aquel era un baúl de los recuerdos. Pero fue una torpeza. Si los huesos habían hecho o no las paces en el silencio húmedo del granito, la llegada de los de Franco dio al lugar el aire de una broma macabra. Franco en el Valle de los Caídos era como un mal chiste de Franco.

Entro en el túnel del Guadarrama. Cuando éramos niños le pedíamos a mi padre que hiciese sonar el claxon para oír como retumbaba en este lugar de ultratumba. Esta vez, solo, iba pensando en todas estas cosas: en la guerra, en el Valle de los Caídos… y me pareció que era en realidad el túnel, y no la basílica, el verdadero símbolo de la dictadura: largo, oscuro, claustrofóbico. Hasta que, de repente, al final aparece la luz de la tarde.

Autor Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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