Tres años perdidos

.

Comienza un nuevo curso político. ¡Pero qué digo! Lo que comienza estos días, después de las escaramuzas veraniegas de baja intensidad, es una secuencia de campañas electorales a cara de perro. La traca final de la verbena, el colofón al trienio políticamente más estrambótico y estéril de nuestra democracia. Por eso, antes de inmiscuirme de lleno en la refriega electoral y examinar la munición que unos y otros se aprestan a disparar, hoy me limitaré a una breve recapitulación. Quizás, ya que no para otra cosa, le sirva de guion a los futuros historiadores, que sin duda tendrán dificultades para interpretar este extraño período que vivimos. 

Han sido tres años de récords, pero sin gloria para los plusmarquistas y baldíos para los ciudadanos. En el saldo del trienio figura la legislatura más breve de la historia, fenecida al nacer, y una de las más improductivas. Durante un año, desde octubre del 2015 hasta la investidura de Rajoy, nos manejamos con un Gobierno en funciones. Y no nos fue del todo mal en sentido macroeconómico, lo cual parece confirmar la máxima de ácratas y liberales consecuentes: sin Gobierno se vive mejor. Tuvimos también los dos gobiernos más débiles, en peso parlamentario, de toda la democracia.

Más récords. Por primera vez el nacionalismo catalán sacó los pies del tiesto y por primera vez desempolvamos el artículo 155 de la Constitución para corregirlo. Y ya hay quienes abogan por volver a utilizarlo antes de que acabe la legislatura: le cogieron gusto al juguete que permanecía olvidado en el desván. Pero hay otra plusmarca que pasó más inadvertida por negligencia de la oposición: por primera vez un Gobierno -el de Rajoy- incumplió el artículo 134 de la Constitución, que exige presentar los Presupuestos del Estado tres meses antes de que expiren los del año anterior. Se saltó el mandato constitucional porque el PNV se resistía a dar su aquiescencia. Y ahora Pedro Sánchez se propone emular a su antecesor con el mismo argumento: no presentará su proyecto hasta que tenga asegurados los respaldos suficientes. La Constitución, según y para qué.

Asistimos también a la primera sentencia que condena a un partido político por corrupción. Y a la primera moción de censura triunfante, que puso fin a la dilatada trayectoria política del presidente derrotado.

Estas cosas no pasaban cuando se bailaba en pareja y uno de los dos marcaba el paso, ya fuese por su mayoría absoluta o por sus alianzas y pactos de legislatura. Pero ese tiempo pasó, ahora son cuatro como mínimo los partícipes y cuesta acostumbrarse al nuevo ritmo. De ahí, los pisotones, las zancadillas y el desgobierno. Y de ahí, los récords: en tres años, el Ejecutivo en minoría vetó más de medio centenar de iniciativas aprobadas por el Parlamento, al tiempo que hacía uso y abuso del decreto ley. Y de ahí, por consiguiente, la esterilidad: los grandes asuntos, el conflicto de Cataluña, la desaceleración económica que se vislumbra, la reforma del sistema de pensiones o las finanzas autonómicas y locales, siguen donde estaban. En la nevera.

Valora este artículo

0 votos
Comentarios

Tres años perdidos