¿A quién se dirigió Quim Torra?

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En una palmaria demostración de que el Gobierno reside en Babia, o de que «está na horta e non ve as verzas», la inexperta portavoz del Gobierno ha respondido a Torra con tres enormes desatinos: que el presidente «solo había hablado para su gente y no para toda Cataluña»; que «Torra está en su derecho a hablar, pero el Gobierno no reflexiona sobre futuribles»; y que da igual lo que diga sobre las sentencias «porque al final hay que acatarlas». Tres escapadas infantiles que vamos a ver por partes.

Si Isabel Celaá hubiese leído la teatral conferencia de Torra antes de retrucarla, se habría percatado de que el president no habló ni para los independentistas -a los que defraudó-, ni para los constitucionalistas -porque todo lo que dijo suena a insufrible matraca-, ni para los jueces, que habitan otra galaxia. La triste realidad es que solo habló para el Gobierno de Madrid. Para burlarse de su diálogo de Fierabrás. Para decirle que son una pandilla de mataos que no se atreven a frenar sus bravatas y estupideces. Y para demostrar urbi et orbi que un Gobierno dependiente del separatismo, y acongojado en todos los frentes, nunca se atreverá a aplicar el 155 y poner fin al caos jurídico, político e institucional que reina en España. También le advirtió a Sánchez, aunque la señora Celaá no se haya enterado, que si se mantiene este ambiente de chuleo al Estado, serán los buenos españoles los que acaben prefiriendo la secesión, antes de ver cómo el Estado se desmorona, humillado por los independentistas y por la incompetencia de sus gobernantes.

La segunda tontería de la señora Celaá fue eso de que «Torra está en su derecho a hablar». Porque Torra, lejos de ser un ciudadano cualquiera, es la máxima representación del Estado en Cataluña, y como tal juró «cumplir y hacer cumplir» la Constitución y las leyes.

Y por eso no es su derecho -sino su delito- sublevar contra el Estado al pueblo de Cataluña. Torra, salvo llamarles mocosos, le dijo al Gobierno lo que más podía ofenderlo, degradarlo, ningunearlo y amenazarlo. Y si el Gobierno no lo para en seco, bordea ya la traición.

Las sentencias, señora ministra, basta con cumplirlas, y de ello se encarga el propio Estado. Pero Torra no estaba discutiendo eso. Solo estaba diciendo que se pasa a los jueces por el forro de la chaqueta; que las leyes son, para él, papel mojado; y que en España no hay nadie con arrestos para embridar a un catalán amotinado. Y eso, señora Celaá, es una verdad como la basílica de Cuelgamuros.

Y Torra, al poner en el escaparate tanta cobardía y tanta incuria, ha elegido el mejor camino para demostrar que, si el Estado no comparece, no nos queda más salida que volver a los reinos de taifas.

La alternativa es aplicar, sin complejos, el 155. Aunque nada impide que esa aplicación se haga dialogando sobre la nada.

Para que el Gobierno cumpla así la única promesa que aún puede cumplir: la de hundirse y fenecer en la inmensa brañeira de su diálogo de sordos.

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