¡Entrenadooor, entrenadooor!


No son muchas las películas que consiguen emocionarnos hasta el llanto, pero Campeones, el filme seleccionado para los Óscar, es de los que nos remueve en un ríe-llora constante. Esa es la cara que se te queda dibujada en cada escena, te ves con el pañuelo en los ojos y la sonrisa abierta a la vez, en un equilibrio que su director, Javier Fesser, nos regala desde el minuto uno. Su habilidad para demostrarnos nuestra incapacidad vital para los buenos sentimientos, para el disfrute de las cosas sencillas nos pone contra las cuerdas por ese grupo de actorazos que nos convierten en inútiles totales. Hoy que se debate si el buenrollismo de esta peli invalida cualquier opción de ganar la estatuilla de Hollywood, hay que recomendarla más que nunca. Y allá los americanos con sus académicos, con sus lobbies económicos y con sus presiones dentro de la industria. Es mucho mejor abrigarse en los ojos de Román, en la sonrisa de Paquito, en la picardía de Collantes, en el candor de Benito, en la marcha de Jesús, en la modernidad de Sergio, en la sabiduría hipocondríaca de Marín, en la ternura de Manuel y en ese abrazo inabarcable de Juanma: «Entrenadooor, entrenadooor». Es mucho mejor sumarse a ese equipo conmovedor que solo un genio como Javier Gutiérrez puede convertir en insuperable. Hay películas buenas, malas o regulares. La de Fesser es, sobre todo, necesaria.

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¡Entrenadooor, entrenadooor!