Pedro ya tardaba en pulirse a Montón


En la crónica de una fulminación tan esperada como obvia, a Pedro Sánchez le ha salido, después del sapo del ministro cultural, otra rana de las que tanto le gustaba hablar a Esperanza Aguirre. Aguirre, Dior mediante, era una experta en despejar ranas que nunca llegaron a besar su mano, pero el aguacero batracio fue tan intenso que ya no le quedó otra que echarse un poco a un lado y dar la cacharra desde la cuneta política. La nueva rana de Sánchez se llama Carmen Montón, que anduvo estos días por el filo de la navaja de Ockham, a saber: en igualdad de infamias, la explicación más sospechosa suele ser la correcta. A Montón le diagnosticaron un feo máster de nombre psicodélico en el mismo lugar que a Cifuentes, Casado y dios sabe cuántos más culos profesionales de poltrona, y en mi modesta opinión las explicaciones que daba eran tan inconsistentes, tan de Cantinflas, como sólida es la información periodística que ha cargado como un ariete contra la credibilidad del Gobierno.

Lo que sorprende no es esa febrícula curricular de coleccionar títulos y titulillos más o menos ridículos que padecemos en general los españoles. Ella sabrá para qué narices le sirve un máster en Estudios Interdisciplinares de Género a una médica que empezó a ejercer cargos políticos a los 23 años. Pues vale. No, lo que me deja verdaderamente perplejo es el montaje clientelar al estilo romano de la Universidad Rey Juan Carlos, con todo ese tejemaneje de papeles y la casa de los líos funcionariales, incluido el teléfono loco. Pero un amigo que sabe mucho de esto me susurra maliciosamente que la universidad que lleva el nombre, al parecer gafe, del rey emérito no es la única que trafica con diplomas a cambio de favores, políticos o de otro pelaje. Incluso se sorprende de mi sorpresa. «¿No lo sabías?». Pues vaya periodista…  

Pedro Sánchez tenía que pulirse a Montón. Ya estaba tardando. Ella llevaba en la mochila unas cuantas polémicas como la de haber colocado a su entonces marido en una empresa pública de Valencia donde duró tres días, literalmente, antes de dimitir. Un Gobierno en hiperminoría debe practicar una política higiénica, extremadamente nórdica. Si Pedro no quiere marianizarse tiene que marcar mucho la distancia: no se podía sostener a alguien que viene con tantas similitudes curriculares con lo que ya vimos, ni se puede guardar silencio con la esperanza de que todo se arregle solo, como hacía Rajoy. Es un cachondeo que le habría hecho perder buena parte de lo que se había ganado en tan poco tiempo. Y los votantes estamos ya para pocos cachondeos.

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