Que los ciudadanos miren a otra parte

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Muchos expertos y ciudadanos, están convencidos de que la política se hace mediante complejas estrategias y carambolas que consiguen que el verdadero poder y sus beneficiarios permanezcan ocultos. Y por eso creen que el que intenta analizar las cosas sin pasarlas por el tamiz de la conspiración no tiene ningún futuro en el arte de la política. Yo, en cambio, pienso lo contrario: que todos los intereses, pasiones y razonamientos que animan la política son sencillos, y que todos los objetivos se hacen patentes a través del consabido principio de que «de la abundancia del corazón habla la boca».

Por eso -porque en el mundo de las tinieblas la luz produce ceguera- tengo fama de enrevesado. Pero hoy voy a hacer una excepción, y, en vez de explicar la dimisión de Carmen Montón mediante la simple fórmula del 2+2=4, voy a contarles por qué el patriota Sánchez dejó caer a su cercana e inteligente amiga cuando todos creíamos que la estaba apoyando.

El problema viene -¡quién iba a decirlo!- de Cataluña, donde el precioso Gobierno de Sánchez -que depende para todo de Torra, Rufián, Ortuzar y gente así- se sintió absolutamente impotente para frenar el bochornoso chantaje de una Diada pensada para humillar y acongojar al Estado, y para transmitir la sensación de extrema debilidad y confusión en la que viven los defensores de la Constitución y de la unidad de España. Y por eso sucedió que, mientras la desolación se abatía sobre los ministros, su presidente, que es doctor en Economía y está sobrado de recursos, tuvo la feliz idea de decir: «si no podemos gestionar dignamente la Diada, ni evitar que Torra solo ponga en jaque al Estado, hagamos que los ciudadanos miren hacia otra parte». E inspirado por tan patriótico afán, decidió sacrificar a Montón y a Borrell, en forma y medida diferentes, para que los periódicos y los informativos de todo el país, en vez de titular con «España se va al garete», que sería lo lógico, acabasen titulando con la estéril caída de una ministra del montón que, en vez de ser evaluada por su eficacia -que la habría salvado-, fue cesada al servicio de una insostenible y obsesiva limpieza que destroza a cualquiera, por cualquier cosa, sin que sus zarpazos tengan la más mínima utilidad para la regeneración y el buen sentido de la política española. Y todo apunta a que Sánchez no solo consiguió ocultar o diluir la Diada, sino que está a punto de lograr que el 11 de septiembre pase a ser el día del ministro triturado por la patria.

La otra explicación, la del 2+2=4, diría que Sánchez, que armó una red muy tupida para cazar enemigos políticos, cayó en su propia red, que por eso le está bien empleado, que la cosa -si no se acuerdan modos más racionales de hacer política- no acaba aquí, y que, por muy laico que sea, no le vendría mal leer el prendimiento de Cristo que narran Juan y Mateo: «vuelve la espada a su vaina -Converte gladium tuum in locum suum-, porque los que echan mano a la espada, por la espada perecerán».

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