El doctor Herr y el fin de las discapacidades

Apoyada sobre su extraordinaria experiencia personal, su carrera va mucho más allá de la simple creación de prótesis de vanguardia


Redacción

No es infrecuente que, después de conceder un premio destinado a técnicos o científicos, el lego se quede un poco a uvas y haya que pedir paciencia a los jurados para que aclaren exactamente en qué consisten los méritos de los galardonados. No ha sido el caso hoy, tras conocer el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica de este año. La argumentación esta vez entra por los ojos. Está en lo que ve. Y también en lo que no se ve. Basta con observar la simple imagen de Hugh Herr (Lancaster, Pensilvania, 1964) caminando. Un hombre caminando. Sin más. Ahí están sus méritos visibles. Los invisibles, bajo las perneras de su pantalón, son las dos sofisticadas prótesis sobre las que se sustenta con absoluta naturalidad a pesar de haber visto cómo sus dos piernas -las de un escalador de élite- tenían que ser amputadas por congelación tras un accidente de montaña en el monte Washington, cuando tenía 17 años. Esa naturalidad, esa normalidad del hombre que camina, es quizá incluso más explícita sobre el valor del trabajo de Herr que la agilidad con la que es capaz de seguir trepando después de haber creado sus propias prótesis (e incluso mejorando sus marcas como alpinista).

También podría resultar muy elocuente el espectáculo del caído en desgracia Oscar Pistorius reventando las pistas de atletismo impulsado por una tecnología en cuyo desarrollo participó también el biofísico e ingeniero norteamericano. O la emocionante grabación de la bailarina Adrianne Hanslet-Davis volviendo a bailar después de haber quedado mutilada en los atentados de Boston, la misma ciudad donde Herr encabeza el grupo de investigaciones en biomecatrónica del MIT.

Pero, con todo y con eso, seguramente lo más extraordinario entre los variados méritos del deportista, ingeniero, biofísico y ya Premio Princesa de Asturias entra por los oídos. Cuando se le escucha decir cosas como «no existe algo así como personas discapacitadas: hay tecnología incapaz o diseño pobre» -lo dijo hace unos años en una conferencia del TEDMED- se está escuchando a alguien que está yendo mucho más allá de la creación de prótesis de vanguardia más o menos sofisticadas.

Tomando como un camino de doble dirección el concepto de «integración biónica», Herr es más bien un visionario en pos de un nuevo modelo del ser humano: una fusión perfecta del cuerpo y la tecnología en la que la prótesis no es un aditamento que en el fondo -por muy perfecta que sea y por muy bien que opere- sigue señalando hacia aquello a lo que sustituye. En este caso la tecnología es una con el cuerpo: recibe órdenes nerviosas y retransmite estímulos hacia el cerebro, afinando su función e integrándose, en efecto, en el organismo. No solo suple o cubre carencias, no solo simula las funciones del órgano al que suple. Incluso aspira a mejorarlas.

La dureza y el éxito de la experiencia propia respalda, una vez más, las opiniones del científico premiado. Asegura Herr que cuando mira su cuerpo y sus extremidades sintéticas, ya no ve «un cuerpo roto, sino tecnología rota»; tecnología aún insuficiente, que podría llegar aún más lejos en un proceso de trabajo en la frontera misma de lo biomédico y lo biotecnológico, un territorio donde con cada vez con mayor sutieza y eficiencia los músculos y las terminaciones nerviosas se conectan con sensores y microcomputadoras; donde, en cierto modo, la mente que rige lo orgánico se conecta con la materia inorgánica. Una idea que produce vértigo, y no solo filosófico. 

Ni Frankenstein ni Robocop

No hace falta dejarse caer necesariamente hacia Frankenstein ni hacia Robocop. Herr recurre a un ejemplo muy sencillo: las gafas que mejoran nuestra capacidad de visión. A nadie se le ocurre pensar en ellas como en una prótesis; nadie ve a alguien con gafas como a un discapacitado. Es más, podría añadirse que las gafas forman parte ya inseparable de la identidad de quien las lleva. Para Hugh Herr esa misma lógica debería extenderse un día a todo el que se acoja a cualquier forma de «integración biónica». Es la normalización de la prótesis. El final del concepto mismo de discapacidad. 

Aunque, claro, quede pendiente un escollo económico y estadístico de envergadura. Para, normalizar el uso de este tipo de tecnología, su uso tendría que ser norma: extenderse tanto como el de las gafas mismas; algo que, por el momento, no va a estar al alcance de demasiados, por mucho que Herr confíe en las bondades de la economía de escala. Como recordaba hoy su amigo y compañero del MIT, el científico asturiano y jurado del Princesa Amador Menéndez Velázquez, una de sus prótesis viene a costar ahora unos 30.000 euros.

Mientras tanto, a Hugh Herr le corresponde ser una especie de emblema viviente de lo que predica y de lo que investiga. El Premio Princesa de Asturias de Investigacion Científica y Tecnológica de este año tiene un componente épico difícilmente igualable y un aroma casi novelesco, bajo la especie del héroe que burla la adversidad más extrema a base de tenacidad e ingenio; del deportista que se consagra al camino de la superación después de la aparente derrota definitiva o del científico que experimenta consigo mismo, acuciado por una urgencia que vive en propia carne.

Los norteamericanos dirían que el doctor Herr es uno de esos personajes larger than life, «más grandes que la vida». Así lo presentan, de hecho, las ejemplarizantes biografías y documentales que han divulgado su fabulosa historia. En su caso, quizá, habría que decir higher than life: «más alto que la vida», por muy altas y escarpadas que vengan sus paredes.

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