«Clarín», el arte con letra entra

La revista que fundó y dirige el profesor, crítico y poeta José Luis García Martín hace 21 años llega a su número 123 y abre sus páginas a una singular y pujante generación de artistas


Gijón

Clarín es uno de esos milagros seculares en los que cuesta creer y a los que es difícil acostumbrarse. Fundada y dirigida por José Luis García Martín, profesor de la Universidad de Oviedo, crítico de acero, diarista impertinente y poeta sensible, esta revista cultural de Ediciones Nobel ha cumplido 21 años. Todo un récord dada la efímera biografía de las publicaciones en papel y más si se tiene en cuenta su singularidad temática. Anoche, la Galería Gema Llamazares, de Gijón, acogió la presentación de su número 123, una cifra cabalística que vaticina un deseo de supervivencia y posteridad. Siempre que la economía no dicte su condena de muerte.

La elección de un espacio de arte no fue casual para publicitar el último número del bimensual. Aunque Clarín siempre estuvo abierta a todas las manifestaciones artísticas, desde el principio dejó claro en el subtítulo de su cabecera cual era su apuesta: «Revista de nueva literatura». Y a ella sigue siendo fiel. Pero el arte, en sus múltiples manifestaciones, no ha sido ajeno a las páginas de la publicación. Tanto como tema de reflexión, como de compañía de los textos. Especialmente las fotografías, la mayoría procedentes de la cámara de un anónimo y secreto Juan Ochoa, la que da su seña y santo a la identidad de Clarín.

Dos motivos confluyeron para dar a conocer el último número de Clarín en una galería de arte. Por un lado, la apuesta que ha hecho con el inicio de una serie dedicada a una generación de pintores, nacidos entre mediados de los años 50 y principios de los ochenta del siglo pasado, y que reúnen unas características que les abre la puerta a constituirse en una escuela (aunque de momento eso sean palabras mayores), y que uno de los elegidos, el artista Federico Granell (Cangas del Narcea, Asturias, 1974), expone desde el pasado mes de mayo y hasta el próximo 15 de julio en esta galería sus últimas creaciones.

José Luis García Martín destacó que la apuesta de Clarín por las diversas manifestaciones artísticas no es ninguna novedad, porque desde el inicio de la andadura del bimensual, todas fueron «compañeras de viaje de la nueva literatura, protagonista esencial y principal de la revista». Relató García Martín que la iniciativa de iniciar esta serie partió de una conversación casual con César Iglesias, al que encargó un artículo inicial en la que detalló «sus confesiones de un aficionado extemporáneo al arte». Esa primera entrega, publicada bajo el título Colección particular en el número 122, fue el pórtico a una serie en la que el protagonismo es de un artista plástico, al que se retrata, literaria y fotográficamente, en su estudio, rodeado de su obra, pero también de sus obsesiones e intimidades.

El primero ha sido Granell. Pero habrá más: Melquiades Álvarez, Pelayo Ortega, Fernando Redruello, Reyes Díaz, Francisco Fresno, Miguel Galano, Ricardo Monjardín, Luis Fega, Faustino Ruiz de la Peña, Pedro Fano, Chechu Álava, Guillermo Simón, Juan Fernández Álava o Alfonso Fernández, entre otros.

César Iglesias precisó que García Martín había actuado como un «buen productor, es decir, un buen manipulador: vio la idea, aportó propuestas, dio el título a la primera entrega y, después, dejó hacer». Que esta serie dedicada a una hipotética escuela artística -«el tiempo lo dirá», puntualizó- vea la luz en las páginas de una publicación eminentemente literaria no es una casualidad. «Encontré en estos creadores plásticos las mismas obsesiones que he rastreado en sus contemporáneos literarios», señaló César Iglesias, «una expresión humanizada, ajena a los dogmatismos manieristas y a la vanguardias obsesionadas por la desfiguración y el conceptualismo».

El autor de esta serie, que aún carece de nombre y que en el futuro podría materializarse en la edición de un estudio conjunto, afirmó que más que hablar de una generación «hay que optar por un concepto más flexible que el orteguiano, es decir, estamos antes dos generaciones: por una parte, la de los nietos de Evaristo Valle, Piñole o Rubio Camín, aquellos nacidos hacia la mitad de la década de los cincuenta del siglo pasado, y por otra, la de los biznietos, los nacidos en los años setenta, primeros ochenta».

César Iglesias añadió que hay un concepto antropológico y literario que define a este conjunto de artistas. «Encuentro en ellos, pese a su diversidad expresiva y creativa, un estado de ánimo, un sentimiento casi telúrico, que responde a esa hermosa palabra del asturleonés, la Señaldá, hermana de la Saudade galaicoportuguesa, de la Sodade caboverdiana o del Sehnsucht del romanticismo alemán», aclaró. Esa manera de estar en el mundo de estos creadores, añadió Iglesias, «es una forma singular de sentir que comparten los habitantes de las orillas atlánticas y que se traduce en una posición del alma para entender y ver el mundo, una suerte de sensibilidad particular dotada de un lenguaje propio en la creación artística».

El autor de la serie desgranó otras características comunes a este grupo de artistas plásticos: una concepción no traumática de ser habitantes de una periferia geográfica que se convierte en espacio de creación y de un territorio norteño, que muy poco tienen que ver con las latitudes geográficas y más con una mirada colectiva a la realidad; una atmósfera espiritual y creativa que confluye en la interpretación contemporánea del Romanticismo, del Impresionismo, del Expresionismo y del Minimalismo; una generación obsesionada por frenar la deshumanización del arte, y también un grupo de creadores empeñado en que el cometido del arte, entre otras tareas, consista en «la fosilización de los instantes de la vida y la creaciòn de nuevas realidades, pero que parte de la realidad tangible, corpórea, terrenal».

Federico Granell, por su parte, hizo suyas algunas de estas características y corroboró la existencia de una generación «muy norteña, fiel a los sentimientos y al entorno del espacio que habitamos, pero también abierta a múltiples horizontes». La poesía, la música u otras manifestaciones artísticas, añadió, «están presentes en nuestra concepción del arte, confluyen en la creación de esa mirada propia». Ejemplo de ello es la última exposición de Granell, Álbum de familia, pensada y ejecutada a partir del encuentro casual en un rastro de París de un álbum de familia, con las fotografías arrancadas, y tan sólo con las fechas del periodo de entreguerras y las localizaciones en distintos puntos de Alemania. Esos vacíos, al modo de un escritor, los fue rellanando la imaginación y la creatividad de Federico Granell hasta construir una poética de imágenes y esculturas, con una capacidad infinita de generar desasosiego. Tal vez sea esa la finalidad del arte.

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