«La vejez en el mundo urbano es un drama»

Pablo Batalla Cueto GIJÓN

CULTURA

Adolfo García Martínez
Adolfo García Martínez

El antropólogo Adolfo García Martínez acaba de publicar en KRK el manifiesto «Alabanza de aldea», en el que aboga por dignificar y recuperar la vida campesina

02 feb 2017 . Actualizado a las 11:57 h.

El antropólogo estadounidense Jared Diamond escribió hace unos años un ensayo que tituló El mundo hasta ayer y en el que exponía qué cosas podemos y debemos aprender las sociedades urbanas modernas de las prehistóricas aún existentes en las profundidades de Brasil o Nueva Guinea. A Adolfo García Martínez no le hizo falta sumergirse en las selvas de las antípodas para encontrar esa clase de enseñanzas valiosas. Él no practicó el extrañamiento que recomiendan los manuales de etnografía y se quedó en Asturias, donde estrenó su extensa bibliografía en los años setenta con un minucioso trabajo sobre los vaqueiros de alzada. Cuarenta años después, acaba de publicar un librito de poco más de cien páginas, Alabanza de aldea, que ha publicado KRK en su colección de «Cuadernos de pensamiento», y que de alguna manera resume toda su obra. En él aboga por dignificar y recuperar la vida campesina y por una idea de progreso que no consista en arrumbar la tradición, sino en fundirse con ella en un proceso dialógico que no tire, como dicen los ingleses, al niño con el agua sucia.

-Cuando uno se imagina a un antropólogo, se lo imagina sumergido en realidades lejanas como Papúa o el Amazonas. Usted, sin embargo, se quedó en Asturias.

-Sí. Yo estudié en Italia y Francia, y en el año 1971 saqué una plaza de profesor en el antiguo Dahomey, lo que hoy es Benín. Iba a dar clase en un instituto de Kotonou, la capital, mientras preparaba mi tesis sobre un grupo étnico: los iwi, y estaba muy ilusionado. Lo tenía ya todo preparado: trámites, vacunas, etcétera, y el sueldo era muy interesante, con vivienda incluida. Pero al final me tuve que volver a España por circunstancias de la vida y resultó que aquí no tenía nada. Tenía un montón de títulos franceses e italianos, pero no me valían de nada, porque no había equivalencias. Me dije: «¿y ahora qué hago?», y lo que hice fue abandonar mi tesis sobre los iwi y hacerla sobre otro grupo étnico sobre el cual podía investigar sin moverme de Asturias: los vaqueiros de alzada.