Mente, cuerpo y lugar son un todo

La colectiva «El rincón feliz» reflexiona en el Barjola sobre la noción de habitar con obras de Primoz Bizjak, Kela Coto, Mónica Dixon, Christian Domínguez, Federico Granell, César Lacalle, Rosell Meseguer y José Quintanilla


Gijón

¿Qué es habitar? ¿Cómo habitamos? ¿Dónde habitamos? ¿El habitar implica permanecer? ¿Pueden los objetos formar parte del habitar? Los trabajos de Primoz Bizjak, Kela Coto, Mónica Dixon, Christian Domínguez, Federico Granell, César Lacalle, Rosell Meseguer y José Quintanilla conducen al espectador a plantearse este tipo de cuestiones. El título de la muestra que el museo Juan Barjola exhibe hasta el 30 de julio, El rincón feliz, hace alusión a un relato de Henry James. En él, el protagonista retorna de Europa a su Nueva York natal y en el que fue su hogar antes de haber emigrado se reencuentra con su doble o con quien él hubiese llegado a ser de haberse quedado a vivir allí. En la narración, el escritor estadounidense juega con el tema del doble o Doppelgänger. El principal interés del texto, tomado como hilo conductor de la exposición, se centra analizar cómo el lugar en el que habitamos puede condicionarnos y ello a través de los distintos modelos de vivienda que proponen los artistas seleccionados para la muestra.

La casa es un «territorio» que el sujeto se apropia para manifestar su ser, es una expresión humana que se convierte en el centro de nuestro mundo, un punto fijo en el espacio, una posición firme desde la cual obramos y a la cual regresamos oportunamente. La casa enmarca al habitante y su entorno de tal modo que, necesariamente, se produce una interacción de mente, cuerpo y lugar. Pensemos en la cabaña de Heiddeger en Todnauberg, en las montañas de la Selva Negra del Sur de Alemania. Aunque el filósofo no residió allí de modo permanente, en ella trabajó en muchos de sus más famosos textos. Su pensamiento y sus escritos derivaron de la raíz central de aquel lugar que suponía para el pensador mucho más que un emplazamiento físico. Existía una íntima conexión emocional y espiritual con el edificio y sus alrededores. Era un refugio de concentración solitaria. Así Adam Sharr sentenció: «En la cabaña y en su paisaje se reflejan algunas de las observaciones de Heidegger, el sentido de su propia existencia y elementos conceptuales que estructuran su pensamiento». En especial, aquellos ensayos que se refieren al habitar y al lugar como Construir habitar pensar y Poéticamente habita el hombre. La casa es, en definitiva, «el resultado de una interacción del espacio con el hombre, que lo impregna con su ser y con su vida, es decir, con su habitar; entendido éste como aquello conexo con la vida y no solamente con el mero residir», dijo Iván Illich.

La ruina y el vacío

En los interiores de Kela Coto, Christian Domínguez y Federico Granell, la ruina y el vacío hablan de la ausencia del ocupante. De espacios que fueron morada pero que ya no son sino lugar de abandono. Del mismo modo que los vestigios de las fotografías de José Quintanilla nos acercan al despoblamiento de lo que Sergio del Molino denominó La España vacía. En ellas, ante la ausencia de morador, la naturaleza ha seguido su curso. Estos habitantes de la Meseta están ahora en las grandes urbes y Primoz Bizjak lo recoge en unas imágenes de Madrid en las que la ruina ha dejado paso a una rehabilitación perpetua acorde al propio ritmo de una capital global que ansía la renovación permanente.

¿Ha desvirtuado el sujeto contemporáneo el sentido del habitar? La casa, ese microcosmos humanizado en el que el individuo se desenvuelve, ha pasado a ser concebida bajo una relación de mera utilidad. Hoy, la gran mayoría de las viviendas urbanas son superficies conformadas por espacios mínimos, son máquinas donde reponer el cansancio y reproducir la fuerza de trabajo para el día siguiente. La machine à habiter de Le Corbusier ha sido usurpada por el capitalismo industrial dando cobertura intelectual al proceso de repetición tan propio de la sobremodernidad. La seriación se ha apoderado de la Banlieue de César Lacalle y también de la gated community que presenta Rosell Meseguer a través de un ejemplo de la ciudad de Miami tan propio del American way of life.

¿Existe la posibilidad de definir un espacio que pueda ser estandarizado pero que, al mismo tiempo, sea lo suficientemente versátil para que un individuo se pueda adaptar a él? «La vivienda de nuestro tiempo aún no existe», sentenció ya Mies van der Rohe en el Berlín de 1930. La transformación del modo de vida exige la transformación del modo de habitar. Las viviendas del hoy quizás satisfagan nuestras necesidades físicas pero no contienen, en muchos casos, nuestro ser como expresión de quien la habita y la asepsia de los cuadros de Mónica Dixon así parece confirmarlo.

El ser humano es en la medida que habita. El habitar va más allá de la vivienda pero, tomando ésta como imago mundi, ¿se están perdiendo los auténticos significados del habitar?

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