«Borg-McEnroe», tenis de leyenda «vintage» como un duelo de wéstern

Fernando Franco y Sergio Sánchez, cara y cruz de la presencia española de la jornada


San Sebastián / E. La Voz

La nostalgia ya no es lo que era. Veo Borg-McEnroe y descubro que lo que me parece cosa de hace nada se divisa como lejana leyenda que a aquellos que no llegan a los 50 suena como a Zarra, Panizo y Gainza. La película se centra en aquel primer cruce de ambos colosos -siempre preferí al sueco: su revés a dos manos es parte de nuestra educación sentimental deportiva- en la final de Wimbledon del 80, el último hurra de Borg, antes de decidir una retirada a lo Greta Garbo, que también era sueca. Me apena que este apocalipsis vintage de los match-balls posea la falta de estilo de una tv-movie de mesa camilla. Y el miscasting de Shia LaBeouf como el tenista neoyorquino broncas. Y me frustra que lo que se supondría clímax, aquellas cinco horas de Wimbledon que deberían ser wéstern sobre la pradera sin ley, posea menos empaque que un pimpampum de Sálvame Deluxe. Sin duda, Borg y su némesis de Brooklyn merecían mejor suerte.

El bayonismo es mal grave que aqueja al alma del cine español. Al menos, su fundador, J.J. Bayona, nos mata de aburrimiento pero es un negociante que revienta taquillas. No parece que el bayonista de la primera hora, su guionista Sergio G. Sánchez, vaya a llevar a las masas a las salas con su opera prima. Marrowbone es como un Bayona aún más desnatado que el original. Un fantastique con casa maldita y el fantasma del padre serial killer, el monstruo que viene a vernos y a molernos a golpes de cine del despropósito. Quiere causar pánico pero su diseño formal es de postal y su música como de folletín pre-Jane Austen. Y luego está el daño que ha hecho el eslogan del a menudo veo muertos. Así las cosas, la proyección de Marrowbone acabó siendo festejada a lo Scary Movie, a carcajada limpia. Mientras su protagonista, con cara de susto a lo Macaulay Culkin avejentado -o mejor, de su imitación celebrity de Joaquín Reyes- se mecía entre la no pretendida parodia de Norman Bates y el universo M. Night Shyamalan.

No vinieron mal las risas ante casa tan mal encantada. Porque luego llegó Morir, con la cual Fernando Franco nos somete a la prueba amarga de asistir a un proceso de enfermedad y agonía. Y a su vivencia, en tour de force solitario, de una pareja: la excelente Marián Álvarez, que reedita su maestría en la administración del dolor que le valió un Goya en La herida, y su compañero Andrés Gertrúdix. Eso sí, el díptico de La herida y Morir -cine noble que toca y con hondura muchos más palos que el de la muerte próxima- confiere a Fernando Franco un aura de cineasta del mal rollo que dice mucho de su coraje frente al evidente veneno para la taquilla que se avecina.

Gitanos de Bucarest

Arte mayúsculo es Soldiers. Story from Ferentari, de la serbia Ivana Mladenovic. Nos sumerge en la indigencia del submundo de los gitanos de un Bucarest dantesco. Pero, elevándose por encima del miserabilismo, construye una poética de la marginalidad con resonancias de Fassbinder y de Guiraudie, un retablo de flores de arrabal, cine soberbio que engrandece este festival y haría brillar su palmarés.

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