Un cautivador Kentridge pone en escena la «danza« de un dibujante total

El artista sudafricano, secundado por la actriz Maricel Álvarez, ofreció una concurrida conferencia-performance sobre sus procesos creativos en LABoral

William Kentridge y Maricel Álvarez, en un momento de su performance en LABoral
William Kentridge y Maricel Álvarez, en un momento de su performance en LABoral

Gijón

«Siempre es más fácil hacer una película o un dibujo que dar una conferencia». Lo dijo ayer en Gijón William Kentridge. Pero nadie más, entre las decenas de testigos, lo hubiese dicho a la vista de la puesta en escena que arropó esa confesión. El artista sudafricano, Premio Princesa de Asturias de las Artes,ofreció, en complicidad absoluta con la actriz argentina Maricel Álvarez, una cautivadora reflexión sobre su trabajo, y en realidad sobre la esencia misma de la actividad artística como creación de sentido en un mundo caótico. Y no es que mintiese o dejase de mentir sobre su facilidad para impartir conferencias; es que su intervención fue en sí misma una pieza de arte, una suerte de dibujo en acción y en todas las dimensiones posibles, que Kentridge desplegó con el movimiento de su cuerpo, de sus palabras y de las imágenes de sus obras y el lugar donde las crea. Una performance en toda regla que lo retrata como lo que es: un artista total. O -para hacer caso a lo que siempre dice sobre sí mismo: que es en esencia alguien que dibuja- un «dibujante total».

Magníficamente secundado/traducido y armonizado con Maricel Álvarez, el sudafricano empezó explicando caminando arriba y abajo por el escenario para explicar que «igual que nuestra manera de andar nos camina, nuestro dibujo nos dibuja» y acabó, a coro con su cómplice argentina, con una explosión de poesía fonética, de pura abstracción vocal, que llovió sobre las varias decenas de personas que acudieron a una de las naves de LABoral para asistir al acto principal del programa de Kentridge en Asturias.

Kentridge habló de su relación con su obra como una «danza entre biografía y material» que se produce cada día en el estudio, el lugar donde se encuentran el mundo, la mente y el cuerpo del artista, con el material -el carboncillo, el cobre, el papel- en el centro de esa coreografía perpetua. A su vez, el escenario se convirtió para los presentes en un trasunto del estudio donde William Kentridge dibuja con carboncillo, con esculturas o instalaciones, con piezas de video o collages de todos los tamaños, desde un pequeño libro hasta la escenografía para una ópera.

Pero el fondo es siempre el mismo: «Dibujar es explorar un nuevo territorio» que a su vez «revela los límites» y dibuja lo que no se ha explorado ni dibujado todavía. Y en esa exploración, el explorador deja un rastro de su acción y sobre todo, de su pensamiento: «En la tinta, en el carboncillo, en el cobre, en el aire hay pensamiento», arguyó Kentridge, que también habló de su método; una respuesta al caos del mundo y a la «la provisionalidad» de las cosas que maneja «una técnica de corta y pega para una verdad que se escabulle siempre», pero que, no obstante, permite al artista cumplir con lo que el sudafricano considera su cometido: «Encontrar el sentido». Un sentido que viene de quien lo dibujó, se independiza de él y «dice "aquí estuve"».

La danza del dibujante es también, a la vez, como todas las danzas, una pugna. En este caso, para Kentridge, entre «lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer», entre «la posibilidad y la materialidad» con «la resistencia o la complacencia del material» en medio. Porque, asegura el Premio Princesa de las Artes, «la materialidad está en el corazón del dibujo». Una relación que ilustró de forma casi conmovedora con el relato del hallazgo y la pérdida de un tipo especial de carboncillo, hecho con raíces aéreas de un tipo de sauce, que era casi una prolongación de su cuerpo: en realidad, un subproducto de la fabricación de un cierto tipo de cadmio cuya producción prohibió la UE por ser cancerígeno.

Gesticulando sobre proyecciones de sus acciones en el estudio, de sus vídeos realizados sobre páginas de libros o de sus bocetos para escenografías, con un humor sutil y cercano, Kentridge retrató también en su performance los «seis grados de tensión» posibles para él en la acción creativa hasta conseguir la «trombosis inversa» que hace que aquella «provoque pensamiento»; un pensamiento que invita a pensar paradóijicamente en «los límites de cierta lógica» para referirse «al caos dentro de nosoros, poder vivir en este mundo o entender la claridad de la fragmentación».

Y ello, aseguró Kentridge, con plena conciencia de que, como sucede con sus dibujos que se borran a sí mismos, será un intento fallido. «¿Para qué seguir, a la luz de su inminente fracaso?», se preguntó, pues el sudafricano. Y se respondió: «Porque sin ninguna idea de utopía, sin algo rescatado en estos gestos y en el acto del dibujo, en el acto del discuro, sin eso sentimos un hueco, una grieta, un vacío, algo que nos falta».

«El dibujo es un consuelo, nos convierte en algo más. Algo más allá de lo qe somos», concluyó Kentridge. Y ya se sabe que, para él, decir «dibujo» es decir «arte»; y que decir «arte» es decir «la vida misma».

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