Redacción / La Voz

Un buen narrador siempre acercará al lector mejor una historia verídica que un investigador puro. La documentación no es suficiente, rara vez colma. Si hay que atravesar una laguna, mejor una buena imaginación para recrear lo que falta -un dato, una conversación, un encuentro- que una llamada a pie de página para informar de la carencia de fuentes originales. Los beneficios de un excelente relato dejarán sin efecto las penas causadas por una relativa relajación del rigor. En esto pesará mucho la honestidad del autor, y su pericia y su firmeza para mantenerse fiel al espíritu de la verdad.

Esta filosofía de raíz creativa ha hecho dar un salto cualitativo, en particular, al documentalismo cinematográfico (también a las series televisivas). Ya casi no hay documental de éxito que se ciña al hecho fehaciente, al texto existente. La altura del resultado va hoy de la mano de la capacidad del realizador no solo para manejar los materiales de que dispone, para un montaje hábil, sino que lo que hace volar definitivamente el genio es el talento del autor en la utilización de la argamasa de la ficción para levantar su arquitectura. Lo mismo vale para la literatura y en particular para el campo de la biografía, en el que en los últimos tiempos proliferan los ejemplos de obras largamente celebradas.

Tres felices y muy distintos casos de esta técnica coinciden estos días en las librerías españolas, alrededor de tres figuras igualmente diversas: la escultora Camille Claudel (amante de Rodin), el ciudadano alemán Christian Karl Gerhartsreiter (asesino e impostor que se hizo pasar por el millonario Clark Rockefeller) y el nazi Josef Mengele.

En El vestido azul (Periférica), Michèle Desbordes palpa la llaga íntima de Camille Claudel por la vía del corazón y de una lúcida intuición poética. Es así, a través de la lente de gran sensibilidad de Desbordes, como el lector vislumbra el desgraciado destino de una mujer que fue una incomprendida, no solo por el papel que le adjudicaban por ser mujer sino también por su extraordinario carácter, un alma arrebatada que le permitió ir más allá de su rol de amante de Rodin y crear su propia obra.

La mirada de Walter Kirn sobre el falso Rockefeller pasa en La sangre no miente (Destino) por un nervio de reportaje periodístico que lleva el relato hacia el ámbito de la novela negra. Como refrendo, y más allá de su notable talento narrativo, está la fuerza de la memoria y un hondo conocimiento del personaje, con el que mantuvo una amistad de quince años.

Guez anima su investigación periodística en La desaparición de Josef Mengele (Tusquets) para desmitificar esa imagen de inteligencia maquiavélica que honra al sádico doctor. El autor novela al médico en su huida sudamericana, que no muestra como un privilegiado refugio sino como el patético escondrijo de un mediocre individuo.

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Nuevos modos de ficción biográfica