Bibi Andersson, el rostro del drama nórdico

La actriz colaboró con Ingmar Bergman en filmes decisivos e intensos como «El séptimo sello», «Persona» o «Fresas salvajes», hitos en una larga carrera como intérprete

Bibi Andersson, en «Persona», uno de sus trabajos con Ingmar Bergman
Bibi Andersson, en «Persona», uno de sus trabajos con Ingmar Bergman

Redacción / La Voz

La actriz Bibi Andersson fue uno de los rostros que encarnaron las historias dramáticas soñadas por Ingmar Bergman y plasmadas en fotogramas. Sus facciones amables expresaron como pocas el sentido existencial y trágico con el que el director fijó su nombre en la historia del cine: El séptimo sello, Persona y Fresas salvajes destacan como hitos en su fructífera colaboración, que dejó además otros títulos como Pasión, En el umbral de la vida o El rostro. Andersson, como también hicieron Max von Sydow o Liv Ullman, asumió los rasgos de los personajes y sus dilemas, miedos y dramas ocultos.

El nombre de Andersson, fallecida este domingo a los 83 años -nació en Estocolmo en 1935-, permanecerá siempre ligado al de Bergman. Su primera colaboración no pudo ser más prosaica: a los 15 años, la actriz trabajó en un anuncio de detergente. Eran años adolescentes en los que la joven suplementaba sus estudios de arte dramático con participaciones pequeñas y alimenticias como extra en diversos rodajes. Ya había participado con un pequeño papel en Sonrisas de una noche de verano cuando llegó el año decisivo, 1957, en el que habría de rodar dos clásicos, El séptimo sello y Fresas salvajes. En la primera interpretó a Mia, la mujer de un actor, como una pieza más en el tablero de la partida de ajedrez que interpretan un caballero medieval y la muerte, mientras que en la segunda su papel era doble: por un lado, encarnaba al amor de juventud de un viejo profesor y, por otro, a una mujer que le recordaba aquel enamoramiento de su pasado.

Pero quizá su papel más importante con Bergman fue el de Persona. El cineasta escribió los personajes protagonistas con Andersson y Liv Ullman en mente: la primera daba vida a una enfermera que debía atender a la segunda, una actriz que ha enmudecido. Claustrofóbica, intensa, experimental, Persona exploró temas como la dualidad y la identidad, la fragilidad psicológica y, especialmente, la sexualidad femenina y cuestiones como la maternidad. Se estrenó en 1966, un año convulso, y resonó por sus retos cinematográficos y existenciales, convirtiéndose en una influencia mayor.

Con todo, Andersson fue mucho más que sus colaboraciones o su papel de musa para Bergman. Ya en 1963 había ganado el Oso de Plata del Festival de Berlín, aunque es cierto que Persona le otorgó un perfil más internacional, llegando a participar en proyectos en principio tan alejados de sus experiencias anteriores como un wéstern. Más conformes a su trayectoria fueron sus trabajos para John Huston o Robert Allman.

En 1973 volvería a colaborar con Bergman, esta vez para televisión, con la serie Escenas de un matrimonio. Tampoco abandonó las tablas del teatro y tomó parte de proyectos personales de cine europeo, como un pequeño papel en El festín de Babette. También estuvo presente en Una estación de paso, el debut de Gracia Querejeta, en 1992. 

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