Por qué no he visto ni nunca veré «Juego de Tronos»

Esta madrugada se ha estrenado la octava temporada de la alabada (por casi todos) serie de HBO


Redacción / la voz

Admiro profundamente a George R. R. Martin. No por nada en especial. Solo porque me fascinó Los viajes de Tuf y porque hay vida más allá de la saga Canción de fuego y hielo. Es un escritor mayúsculo. Y vive en Santa Fe con cuatro felinos, lo que lo convierte en un escritor con gato. Como Mark Twain, Emilia Pardo Bazán, Julio Cortázar o Georges Perec. Poca broma.

Estoy seguro de que la serie me encantaría. No tengo duda. Pero hay varias objeciones que plantear a la cinta de cabecera de Pablo Iglesias -que tuvo la osadía de regalarle los deuvedés a Felipe VI, como si la dinastía de los Borbones hubiese conquistado su trono de hierro echando una partida al siete y medio-.

Pero no soporto que los estrategas del márketing me dicten en qué cadena tengo que parar de zapear. Por eso no he visto -ni pienso ver - ni un episodio de Juego de Tronos. No porque me sienta especial ni porque sea una serie de pago, sino porque da una pereza enorme y me aburre soberanamente que me impongan lo que tengo que ver.

Por lo que he leído al respecto, Juego de Tronos nos explica -oh, cielos- los misterios y claves de las intrigas para asaltar el poder, entre las que hay una generosa dosis de sexo. Vaya modernidad. Como si eso no estuviese ya en el Antiguo Testamento.

Yo, lo siento mucho, pero no me creo el cuento chino de que la gran narrativa del siglo XXI sean las series de televisión como en el XVII lo fue el teatro; en el XIX, la novela; y en el XX, el cine. Y eso que adoro producciones como Los Soprano o Walking Dead.

Insisto: seguro que la serie es magnífica. Y que Martin ha aportado todo su talento a la televisión. Pero -siempre hay un pero- lo que no puedo digerir es que me ordenen qué y cuándo tengo que ver. Hasta ahí podíamos llegar. Toda la vida malgastada en las bibliotecas para eso. Para que vengan los gurús a contarme que tengo que leer sin falta a George R. R. Martin.

A mí toda esta movida de descubrir ahora -en el 2019- que la lucha por el poder es un combate sanguinario y sin alma me parece en el fondo muy gracioso. Tuvieron que venir HBO y Pablo Iglesias para ofrecernos la gran revelación de que uno no llega ahí arriba siguiendo las reglas de las carmelitas descalzas. Tuvieron que iluminarnos porque vivíamos en la ignorancia.

Todo lo que me cuentan sobre la serie -las puñaladas por el poder y el sexo como escala de ascenso social- ya lo hemos leído antes en Homero (la Ilíada es más gore que cualquier película que yo haya visto jamás) y, sobre todo en Shakespeare, el gran explorador del alma humana.

Y, para los que me tilden de elitista, les diré que igual que me eduqué con los wéstern de John Ford, aprendí a diferenciar el bien del mal con los tebeos de Bruguera y, sobre todo, con las pelis de Cantinflas -con el permiso de los cantinflinófilos Rafa Cabeleira y Rodrigo Cota-. Ya sé que no tiene tanto glamur como Jon Nieve, pero es que soy de barrio.

Por eso, porque no pienso que las series sean la nueva narrativa, me niego y me negaré a ver Juego de Tronos.

No creo -humildemente- que me enseñe nada que no haya leído ya en Homero o en Shakespeare. Sé que suena clasista. Pero es que lo cierto es que aún hay clases.

¿Y si «Juego de Tronos» se hubiese rodado en Galicia?

María Viñas / Senén Rouco

Fortalezas, abadías y espectaculares cascadas, conjuntos históricos medievales, monasterios, precipicios y lenguas de tierra en pleno mar. Nada tiene que envidiarle esta tierra a Croacia, ni a Irlanda del Norte ni a Malta

Pudieron ser y no fueron, y ahora ya es tarde, pero puestos a lloriquear, hagámoslo con argumentos y no con quejas. Juego de Tronos, esto es lo que te has perdido: una tierra muy virgen con historia intacta en cada una de sus piedras y un aplastante -por hermoso, abundante y desconocido- patrimonio (arquitectónico y natural). Ángulos fascinantes, rocas con aspecto de templos (bóvedas de piedra, cúpulas, grabados de líquenes), fragas sobrenaturales y un océano tan airado como estoico. Canteras y cañones. Fervenzas  y cúspides desiertas, a ras de cielo. Pazos. Lagunas. Cavernas. Panorámicas opresivas de tan despejadas. Fortalezas y casas señoriales.

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