«Malasaña 32», una casa encantada a la española

El filme de Albert Pintó relata la llegada de una familia a Madrid en 1976; tiene una gran factura y buen reparto, pero peca de susto facilón


Madrid / COLPISA

Terror patrio. Llega Malasaña 32.Una casa encantada a la española. O piso encantado si se prefiere. Este largometraje parece seguir la estela de cintas como Verónica (Paco Plaza, 2017), el último gran éxito del género en España. Sin embargo, los referentes directos a los que apunta Albert Pintó, director del largo, están en las producciones de Blumhouse y en el cineasta James Wan, artífice de la saga The Conjuring, filme de casas encantadas que, en realidad, no hace más que adaptar a los tiempos que corren un cine de terror clásico, que tuvo su apogeo en las décadas de los setenta y los ochenta. «Uno le da a la película lo que siente que necesita -se explica-. No hubo una idea de ‘‘vamos a intentar hacer algo como esto’’, pero sí es cierto que bebe de este cine, pero de una forma colateral, por el tipo de terror que estamos haciendo».

Sin ir más lejos, el prólogo con el que arranca la cinta remite a obras maestras como Al final de la escalera (Peter Medak, 1980). Año 1972, dos hermanos se pelean por una canica, que acaba rodando escaleras abajo hasta una de las dos puertas del tercer piso. Por arte de birlibirloque y en una secuencia algo torpe e interminable, el inquietante portón se abre y la esfera de cristal acaba adentrándose en una vivienda destartalada, hasta alcanzar una mecedora en la que se columpia una pavorosa anciana. Es entonces cuando la acción se traslada cuatro años hacia delante, a 1976, en plena Transición.

Una pareja, junto a sus tres hijos -dos de ellos, adolescentes, el otro, un renacuajo- y el abuelo, han abandonado el pueblo y se han trasladado a Madrid a probar suerte. ¿El problema? Pasarán a ocupar la vivienda de la anciana, ya fallecida. Poco a poco los fenómenos paranormales irán sacudiendo los cimientos de una familia algo atípica.

Seguidor del cine asiático de Hideo Nakata o Takashi Shimizu, cuenta Pintó que le apasiona cómo estos autores abordan el terror «desde la simplicidad y la austeridad, jugando mucho con su tipo de vida y su sociedad». Y va más allá: «Me pareció interesante trasladar eso a España. Tenemos elementos muy nuestros, que no se han explotado».

Cuando el guion llegó a manos del cineasta, quedó encandilado desde el principio: «No era una película más de sustos y sustos, sino que había un trabajo muy bonito con la familia, el background de los personajes, y la historia era muy potente. Pusimos mucho foco en desarrollar a esa familia desestructurada con esos problemas que traen del pueblo y creo que eso es lo que hace que la película funcione».

Precisamente es esa intrahistoria, que se va desmenuzando poco a poco, lo más interesante de la película. «Alcanzar el equilibrio fue lo más duro del proceso, porque evidentemente a mí me tiraba mucho el tema familiar, su desarrollo, sus miedos, su incomunicación. Todos esos temas eran muy importantes para mí y no quería que se perdieran solo por generar atmósferas y sustos», confiesa.

Sin embargo, en el plano terrorífico la cinta falla estrepitosamente. Es cierto que apenas deja respirar al espectador, pero no por las razones correctas, merced a una colección de sustos que, en su mayor parte, consisten en subir el volumen cuando hace acto de presencia lo espeluznante. Dicho esto, apenas sorprende en esa escalada sin sentido, al repetir esquemas hasta la saciedad. Y es una pena porque el trabajo artístico en torno a la vivienda, que respira y se siente como un personaje más, es notable.

Fachada aterradora

«Miramos casas de barrios de los años setenta y luego la reconstruimos en plató. Queríamos una casa polivalente, que por un lado te diera la esperanza de crear un futuro nuevo, pero con rincones y cambios de luz que dieran mal rollo», comenta. El exterior, dado que Malasaña, 32 no existe, está rodado en San Bernardino. «Es una fachada imponente y aterradora, con una paleta de colores que contribuye al peso dramático», dice.

Pese a ciertos momentos de racord emocional, hay que destacar el trabajo del elenco actoral -Iván Marcos, Bea Segura y Begoña Vargas están estupendos-. Es precisamente Vargas, en el papel de la joven Amparo, quien se echa a la espalda una película algo menos coral de lo que parece. «Es una chica que tiene mucho carácter y muy decidida, pero que por circunstancias de la vida no puede hacer lo que querría porque tiene que cuidar de su familia. Es un personaje muy rico y lleno de matices», dice la actriz de 20 años, encantada de participar en una cinta de un género que, apunta, le gusta mucho. En definitiva, una película de terror blando que encuentra fuera del horror sus mayores virtudes.

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