Juan Genovés: la vibración del ser humano sobre el lienzo

El pintor, fallecido a los 89 años, entabló en su obra un diálogo entre el individuo y la sociedad para aspirar a la libertad y la democracia, como encarna «El abrazo», símbolo de la Transición

Genovés, ante una de sus obras en una exposición en el 2015 en el MAC de A Coruña
Genovés, ante una de sus obras en una exposición en el 2015 en el MAC de A Coruña

Redacción / La Voz

El origen de una obra artística puede ser tan improbable como inciertos los caminos que emprende una vez su creador se ha desprendido de ella. El abrazo, el cuadro de Juan Genovés que acabó por convertirse en un símbolo de la Transición, fue primero un cartel que reclamaba la amnistía de los presos políticos del franquismo, inspirado por la «alegría e ilusión» que el pintor percibió en el cariñoso gesto de unos niños al despedirse a la salida del colegio. Alegría e ilusión que supo imprimir a su pieza más célebre, capturando así las esperanzas de un país que, a pesar de las zozobras -es inevitable relacionarla con el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha-, estaba deseoso de encarar un futuro en libertad y democracia.

Detalle de «El abrazo», de 1976
Detalle de «El abrazo», de 1976

Genovés, nacido en Valencia en 1930 y fallecido en Madrid, a las puertas de los 90 años -siguió pintando casi hasta el último día-, estaba preparado para que su arte actuase como un espejo que a la vez reflejase y retroalimentase los sentimientos de sus contemporáneos. Desde sus inicios se marcó su propio camino, el de una pintura neofigurativa que lo desmarcaba del informalismo y la abstracción dominantes y situaba la «vibración del ser humano sobre el lienzo», en sus propias palabras. Esos lienzos se poblaron de multitud de figuras, que evocaban tanto los bombardeos de la Guerra Civil que había conocido de niño como las manifestaciones antifranquistas.

Sin embargo, al aproximarse, el espectador reparaba en que Genovés había dotado de individualidad a cada una de esas figuras, pintadas pacientemente con gran detalle: al artista no le interesaba la masa, sino el lugar de la persona en la sociedad y cómo del diálogo entre ambos se podía avanzar en conjunto. Era una «figuración crítica» que luchaba contra el miedo y el autoritarismo y que planteaba preguntas: «Si en la pintura no hay búsqueda, no hay pintura», le explicó a Rodri García en una entrevista para La Voz en el 2015, con motivo de una exposición en el MAC. Años antes, en 1999, había impartido un taller invitado por este mismo museo y los jóvenes artistas que participaron en las sesiones se bautizaron a sí mismos como Grupo 20 -en su juventud, Genovés había promovido colectivos como Parpalló y Hondo-, prueba del poder de su magisterio.

Genovés tampoco fue un intelectual que analizaba o pontificaba desde su torre de marfil, sino que buscaba, en expresión de la crítica Mercedes Rozas, la «complicidad expresa de la realidad», que informaba su obra. Militó en el Partido Comunista y en 1976 fue detenido en una manifestación a favor de la amnistía. Cuarenta años después, el Congreso le reconoció su compromiso y acogió el simbolismo de El abrazo. Genovés lo agradeció, aunque sin poder ocultar su desencanto: para él, la alegría y la ilusión de la Transición se habían transformado en la «dejadez» de una clase política que inspiraba «desconfianza».

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