Olivia de Havilland, el último brillo de los años dorados de un Hollywood de leyenda y épica

«Lo que el viento se llevó» convirtió a la actriz en un icono que ganó dos Óscar

Retrato de Olivia de Havilland en una escena de «Lo que el viento se llevó»
Retrato de Olivia de Havilland en una escena de «Lo que el viento se llevó»

Redacción

Los años del Hollywood dorado han quedado muy atrás y el brillo de sus estrellas ya solo resplandece cuando sus personajes reviven en las pantallas. Olivia de Havilland, que a sus 104 años mantenía en vida esa llamarada de una época y una forma, entre la leyenda y la época, de entender el cine, también se ha despedido definitivamente. Su representante anunció este domingo su fallecimiento en París, ciudad en la que vivía desde hacía décadas tras casarse con un directivo de la revista Paris Match.

De Havilland había ganado no uno, sino dos, estatuillas del premio Óscar, el galardón más codiciado por quienes se dedican al cine. Lo hizo, además, en el asombroso transcurso de dos años: en 1947 con La vida íntima de Julia Norris y en 1949 con La heredera. Incluso antes, en 1941, había competido por el galardón con su propia hermana, Joan Fontaine, quien sería la que finalmente se alzaría con el triunfo por Sospecha.

Pero los espectadores no han retenido en su memoria esos papeles o, al menos, no con el cariño que inspiró su trabajo más memorable, el papel de Melanie Hamilton en Lo que el viento se llevó. Antes de participar en el filme de Víctor Fleming, De Havilland ya era una celebridad, especialmente gracias a su emparejamiento artístico -que él quiso llevar al terreno sentimental- con Errol Flynn en Robín de los bosques. Sin embargo, fue ese dramático papel, el de la mejor amiga de Scarlett O’Hara, la que la identificó de forma inseparable de ese cine en el que todo parecía más grande que la propia vida. A medida que fueron falleciendo los rostros más conocidos del filme, como Clark Gable en 1960 y Vivien Leigh en 1967, De Havilland asumió casi en solitario su condición de emblema del filme mítico y, por extensión, en emblema de aquellos años en los que Hollywood hacía soñar al planeta entero.

La actriz contaba también con una sólida formación clásica: su madre -también actriz- le recitaba Shakespeare de pequeña y fue precisamente El sueño de una noche de verano, filmada por Max Reinhardt en 1935, su debut cinematográfico. Su padrastro, George Fontaine, se opuso en un principio a hacer de la interpretación su carrera, aunque finalmente vería como Olivia y Joan -que además tomaría su apellido para su faceta pública- se consolidaban como intérpretes.

En la segunda mitad del siglo pasado, De Havilland empezó a encontrar dificultades para que le llegasen buenos papeles en el cine y buscó refugio en la televisión, donde se inició bajo la dirección de Sam Peckinpah. Cuando finalmente le llegó la hora de rendirse a la evidencia de que su retiro ya era efectivo -aunque lo rompió en ocasiones, como en el 2009 cuando narró un documental sobre el alzhéimer-, ya se tomaba con filosofía su condición de estrella y decía preferir una vida normal a otra de fantasía. Esa que ahora la sobrevivirá cada vez que su rostro vuelva a las pantallas o las televisiones.

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