Aquella melodía que nos suena tanto

La música de cine de John Williams y Ennio Morricone, premios Princesa de Asturias de las Artes 2020, forma parte de nuestras vidas

Fotograma del filme de J.J. Abrams «Star Wars: El ascenso de Skywalker», estrenado este viernes
Fotograma del filme de J.J. Abrams «Star Wars: El ascenso de Skywalker», estrenado este viernes

John Williams y Ennio Morricone compusieron buena parte de la banda sonora de nuestras vidas. Esto es un tópico y también es cierto, con toda seguridad, para todas las generaciones que han visto cine desde los años 60 del siglo pasado, y mucho más en realidad: ambos forman parte de ese colosal registro de música que guardamos en la cabeza y que permanece mucho más allá que el propio cine. Cuántas melodías se recuerdan claramente cuando el argumento de la película en las que aparecieron es apenas una idea difusa, cuántas cintas serían casi nada sin lo que transmite su potente música.

El premio Princesa de las Artes a Williams y Morricone es un homenaje al mundo de las bandas sonoras, un patrimonio que se cuenta entre lo mejor que nos dejó el tremendo siglo XX. También sería bastante injusto afirmar que ellos son el todo y no la parte. Son maestros insustituibles pero junto a ello llegó por vía directa hasta nosotros la emoción de John Barry (James Bond, Cowboy de medianoche, Memorias de África), la fantasía de Danny Elfman (Batman, Misión: Imposible), las grandes aventuras de Miklós Rózsa (Ben-Hur, El ladrón de Bagdad) o de Howard Shore (El señor de los anillos, El silencio de los corderos).

Sí, podrían haber sido muchos otros los que recibieran el premio. Serán, al final, dos de ellos. Uno, Williams, anciano pero en absoluto vencido. Morricone no pudo llegar hasta la playa, se quedó en el inmenso mar de su música. Sin embargo, nadie, ni siquiera aquellos a los el cine pueda dejar indiferente, es capaz de negar la intensidad de Williams en Star Wars o en Indiana Jones, donde sus compases le dicen al espectador qué sentir y en qué momento exacto hacerlo. Y el miedo no sería lo mismo, claro está, sin las famosas vibraciones de la música de Tiburón.

No en vano el maestro norteamericano (Floral Park, NY, 1932) ha compuesto casi todas las bandas de los filmes de Steven Spielberg, ha sido nominado en 52 ocasiones para el Óscar y lo ha ganado cinco veces. Hijo de un buen músico de jazz, Williams nació y creció en torno a la música. Nada se le puso por delante que no pudiera superar: piano, trombón, clarinete o trompeta; es de esos músicos que hace arte casi con cualquier cosa a la que se acerquen. Luego llegaría la dirección y, por supuesto, la colosal producción compositiva.

Heredero artístico de grandes como Mancini (Inolvidable Pantera Rosa) o Rózsa, sigue los pasos de los maestros y los agranda. Lleva la música de la gran orquesta a los temas de Spielberg y de, en su momento, otros jóvenes talentos como George Lucas, y el resultado es alquimia pura. Así salen, pues, Tiburón y Star Wars, dos de los temas más tarareados de la historia del cine. Y llegan luego los inquietantes compases de Encuentros en la tercera fase (1977), la inconfundible melodía voladora de Supermán (1978, ¡hace ya 42 años, sí!)  y el resto de la primera trilogía de La Guerra de las Galaxias, génesis de una saga que con los años ha derivado en cosas bastantes más pobres que la banda sonora original.

Así como Harrison parece envejecer poco, la melodía de En busca del arca perdida (1981), que pronto cumplirá 40 años, sigue como nueva flamante. E hizo llorar con E.T. El extraterrestre (1982), temblar con Parque Jurásico, asombrarse con Salvar al soldado Ryan y estremecerse con La lista de Schindler. El dúo prodigioso Williams-Spielberg parece no tener fin.

Y si no, que se lo digan a la autora de los libros de Harry Potter, J.K. Rowling (por cierto, también galardonada con los entonces Premios Príncipe): el acierto y la calidad de las notas de Williams probablemente supere tanto a las películas como a los propios libros, con permiso de los harrypotteros. Y aún le queda cuerda, a sus 88 años. Lo próximo: un remake de West Side Story junto a, como no, su inseparable Spielberg.  

Y gran finale

Hay que decir que el silencio nunca se hará para Morricone después de millones de aplausos y los que faltan. Nacido en Roma (1928), fue seguramente lo que entonces se llamaba un niño prodigio. Igual que Williams, había nacido entre músicos y su talento germinó desde muy pronto en ese suelo bien abonado. Dicen que, ya muy joven, trabajó de negro para otros compositores de su época. Debió, de hecho, ser de ser muy joven, porque Morricone aparece con su apellido y toda autoridad en el añorado género de spaghetti western cuando apenas ha cumplido 35 años: Por un puñado de dólares (1964), con un jovencísimo Clint Eastwood  haciendo del mítico Joe y bajo la dirección de Sergio Leone. Un trío de ases en el espectáculo, pese a los duros ataques de la crítica en su época, más entusiasta con la nouvelle vague, la entendiera o más bien no.

Pero el público los adoró, sí. Tanto es así que continuaron en su propia ola sin bajar ni un milímetro, con La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), la llamada Trilogía del dólar, que no se borrará nunca de la memoria de los fans del género. Ni de millones de niños y adolescentes cuya máxima aspiración tras devorar las películas era poseer un disfraz de vaquero y dos pistolas en condiciones.

Escribe de día y de noche, sin parar, quizá incluso dormido. Aparecen años más tarde algunas de las mejores músicas de la historia del cine: Érase una vez en América (1984), La misión (1986), Los intocables de Eliot Ness (1987) o la evocadora Cinema Paradiso de su compadre Giuseppe Tornatore (1988). Los ochenta fue, no cabe duda, una década jugosa para Morricone. En su haber tuvo dos premios Óscar y cinco nominaciones, tres globos de oro, seis Bafta y dos Grammy, además de un sinfín de galardones europeos.

La lista de trabajos del maestro romano es tan extensa que abruma: entre 1962 y 2016 (cuando compone, por cierto, otra obra maestra: Los odiosos ocho) se cuentan alrededor de 400 películas, es decir, un promedio de ¡Siete bandas sonoras por año, durante 54 años! Eso sin contar partituras para documentales y otras composiciones para distintos eventos. Es difícil encontrar un músico contemporáneo que supere tal catarata creativa.

El maestro Ennio Morricone falleció en Roma a los 91 años el pasado mes de julio, al poco tiempo de ser galardonado junto a John Williams con el Premio de la Artes. Una fractura de fémur se complicó y acabó con una larga, gigantesca y entrañable carrera. Oviedo esperaba una imagen tan singular como habría sido Morricone y Williams juntos en el escenario del Campoamor. La imagen ya no podrá ser, pero el sonido nos llega alto y claro.

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