Esa niña que quiso cambiar el mundo

Joaquín «Quino» Lavado, el autor de la mítica «Mafalda» y Premio Príncipe de Asturias de Comunicación 2014, falleció hace pocos días a los 88 años de edad

Quino, cuando recibió en octubre del 2014 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades e inauguró en el ovetense parque de San Francisco la estatua que recuerda a Mafalda
Quino, cuando recibió en octubre del 2014 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades e inauguró en el ovetense parque de San Francisco la estatua que recuerda a Mafalda

Cuánto nos falta Quino. Joaquín Salvador Lavado firmó su Mafalda con el apodo familiar, Quino, durante solo nueve años, desde 1964 hasta 1973. Pero bastó para construir una cosmovisión perfecta que marcó a generaciones. Humor blanco e ingenuo, solo en apariencia, visto con ternura desde los ojos de una pandilla de niños de barrio. Humor que en el fondo era a veces gris, a veces ácido y melancólico tras las imágenes negras de la dictadura de Onganía, preludio de un escenario que habría de ser todavía más oscuro y más doliente a mediados de los 70.

El que fuera Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2014, uno de los galardones más acertados de su categoría, español por adopción y de ascendencia malagueña por padre y madre, murió hace pocos días en la provincia argentina de Mendoza a los 88 años de edad. Con él se apagó una potente luz.

Quino es el baluarte de una clase media vapuleada por sucesivas generaciones de políticos corruptos e ineptos. Su humor esquinado, irónico, descabezó gobernantes («próceres») sin nombrarlos y se bandeó lanzando críticas apenas veladas que, sorprendentemente, no le valieron la cárcel ni la censura. Al menos no antes de la Junta Militar, esa asesina monstruosa a la que evitó: En 1973 deja su querida Argentina para exiliarse a Milán y, comprensiblemente, el grifo de la creatividad se cierra. Mafalda no enmudece, pero ya no habla de nuevo.

Llegaron a España aún con la dictadura, que les puso el marchamo «para adultos», esos diez libritos de Lumen, alargados, numerados del uno al diez, cada uno de un color, que conservaban el formato de tira de periódico. Se desmangaban del lomo de tanto releerlos una y otra vez y las páginas echaban a volar. Mucho volaron. Fueron una ventana humilde pero deslumbrante en la infancia y adolescencia de mi generación. Muchos lectores de Mafalda son capaces de citar docenas de tiras sin verlas, décadas después de haberlas leído. Mafalda es citada como un personaje real: «Como dice Mafalda…» Son la imagen de una época de apertura al mundo, de despertar y reflexión, con la vigencia que da el humor atemporal.

Los trazos del principio nos resultan ahora extraños, un tanto enmarañados y amorfos. Pero pronto la imagen achatada de Mafalda y los demás se enfoca y se hace limpia, redonda, perfecta, de una expresividad increíble en muy pocas líneas maestras de tinta negra. Blanco y negro. Inconfundible. Trazos finos que a menudo resultan minimalistas. Lo mismo pasa con los personajes: así van surgiendo el inseguro y bueno de Felipe, el ambicioso, tenaz y muy ‘gallego’ Manolito, el soñador Miguelito, la vanidosa y ‘antigua’ Susanita. Luego vendrían la pequeña pero enérgica Libertad y el indomable y creativo hermanito, Guille. Cada uno revela una personalidad perfectamente reconocible en cualquier situación, todos son una faceta de los niños que fuimos, una versión mejorada de los adultos que somos.

Quino se abstrae, hace un humor para siempre. Hay, claro está, referencias a la realidad que le toca vivir a una niña de la época que se informa a través de la radio y en menor medida los periódicos y la televisión (cuando por fin la consigue): El conflicto de Próximo Oriente, la guerra fría y la amenaza nuclear, el ‘boom’ de los Beatles, Vietnam, la llegada a la Luna. Otras tiras son, al mismo tiempo, de ese momento y de todos los demás: la galopante inflación argentina, el racismo, los movimientos por la paz y la ecología, el feminismo, la lucha de una familia trabajadora por acceder a comodidades y pequeños lujos como unas vacaciones en la playa, un televisor o un cochecito. El mismo dos caballos que llevó a tantos españoles, al otro lado del mar, con mucho esfuerzo a través de Despeñaperros.

Quino, junto a Landriscina, Landrú, El Negro Fontanarrosa (qué genial ese inolvidable Discurso de las malas palabras) y los inmensos Les Luthiers, fue el bálsamo inteligente, ilustrado e invencible contra una realidad económica y política a menudo miserable, muy por detrás de la calidad cultural y social de su pueblo. El decantado de una sociedad argentina de vuelta de todo, crítica, irónica o exiliada, divorciada siempre de sus infames gobernantes. Maltratada y resistente, mordaz y carnívora.

Quino es para siempre patrimonio de todos, es inmortal. Mafalda vivió nueve años en su pluma y quedó suspendida para siempre en el limbo como una niña inconformista, inteligente, curiosa y con un punto de pesimismo. Tal vez como el propio autor. Una niña que quería cambiar el mundo y lo consiguió, un poco al menos.

Cuánto nos falta Quino.

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