Una revolución silenciosa


Es indiscutible que, como titular de prensa, la pasada Cumbre del Clima en Madrid (COP25), ha sido un fracaso: solo se la logrado arrancar un «acuerdo de mínimos», «insuficiente» y, encima, sin regular los esperados «mercados de carbono»; se ha dado una «tímida respuesta al clamor de la acción climática», «no hay sentimiento de emergencia en nuestros líderes», etcétera. Y, ciertamente, leyendo el documento conclusivo Chile Madrid, tiempo para la acción -acordado in extremis, fuera del tiempo fijado el desarrollo de la cumbre- todo parece un quiero y no puedo, algo decepcionante: «Reconociendo los esfuerzos…», «invitando, solicitando a las partes a que…», «subrayando la urgencia de una mayor ambición…». Aunque también se reconoce «el importante papel de los actores que no son partes (stakeholders) en contribuir a los objetivos del Convenio del Cambio Climático».

A mi juicio, parece claro que el «sistema de consenso» (solo hay acuerdo si no hay oposición de alguno de los países parte) que se viene utilizando en las COP tiene sus límites y servidumbres. Aunque, si se pasara al sistema de mayorías, es posible que tampoco funcionaría, ya que la soberanía de los estados sigue teniendo un enorme peso, en particular en los países más poderosos e influyentes. No olvidemos que el importante Acuerdo de París es un instrumento jurídico propiamente vinculante, pero que, junto al acuerdo, hay una serie de contenidos que quedan a disposición de los estados; por ejemplo, las contribuciones nacionales de reducción de emisiones, o la determinación de las condiciones para el mercado de emisiones, que no ha podido concretarse en la cumbre de Madrid. Y que conste que, pese a la aparente inutilidad de las cumbres del clima, yo defiendo su mantenimiento y el ambiente de multilateralismo que se respira en ellas.

No obstante todo lo anterior, para mí lo más importante, lo que pudimos palpar en Madrid en los días de la cumbre, ha sido -como muy bien se acaba de expresar por una de las entidades participantes (la Fundación Ecodes)- «la mayor y mas global movilización de talento, recursos y voluntad que se haya visto jamás en la historia de la humanidad». No solo los insustituibles activistas ambientales y los oportunistas de turno, sino un gran número de entidades públicas y privadas, representantes de regiones y municipios, medios de comunicación, científicos, empresas multinacionales y pymes, entidades financieras (e incluso fondos de inversión), científicos, líderes religiosos y de pueblos indígenas, muchos niños y jóvenes (no solo la mediática Greta), padres y madres de familia (y también los abuelos) y un sinfín de personas normales de todo el mundo. Todos ellos imbuidos por un mismo deseo -ambición- de mejorar la sostenibilidad -social, económica y ambiental- de nuestro planeta.

Soy de los que piensan que no son los gobiernos y sus políticos los que necesariamente van a cambiar el curso de la historia en este siglo XXI de las redes sociales, sino los ciudadanos responsables que, desde abajo, sin dejarse atrapar por la desinformación y el populismo, van a difundir los valores de la solidaridad inter e intra-generacional que hoy demanda nuestro mundo. La lucha contra el calentamiento global exige, sí, decisiones políticas valientes, pero sobre todo actuaciones individuales y sociales responsables que son la base de una verdadera política ambiental. En esta batalla, se me dirá, las multinacionales tienen ventaja, pero la venta de los productos y servicios que ofrecen dependen de nuestras decisiones personales como consumidores y usuarios. Sin menospreciar la inestimable tarea de los buenos políticos y gobernantes, creo en el silencioso pero inmenso poder de la sociedad civil. Desde luego que es urgente actuar, que quizá estemos cerca de sobrepasar el punto de no retorno en la crisis climática, pero pienso que el cambio de paradigma productivo y de consumo que se precisa solo será posible gracias a las conductas ejemplares de millones de ciudadanos. Esa es, en mi opinión, la revolución silenciosa que necesita la llamada «emergencia climática».

Por Francisco Javier Sanz Larruga Profesor de Derecho Ambiental de la Universidade da Coruña
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