Las ofertas de trabajo denigrantes se extienden por Asturias

Los sectores más afectados por condiciones laborales abusivas son la hostelería, los repartidores y los puestos en recepción, entre otros

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Redacción

El mercado laboral sigue en horas bajas, es vox populi. Desde el comienzo de la crisis, el número de parados no ha dejado de crecer, hasta el momento en el que los desempleados se han visto obligados a optar por trabajos que no son de lo suyo o aceptar condiciones más restrictivas, siempre dentro de lo razonable. Pero, en ese escenario, ha surgido otro actor que ha tratado, a su manera, de aprovecharse de la coyuntura económica del país. Este no es otro que las empresas que ofertan trabajos con unas exigencias y condiciones abusivas para los trabajadores.

Desgraciadamente, el Principado de Asturias no es la excepción a la norma y también existen un buen puñado de ofertas laborales que rozan, si es que no alcanzan, la más absoluta ofensa. En La Voz nos hemos hecho eco de algunas de las de mayor actualidad, acompañadas de una breve historia personal de aquellos que optaron -y, en ocasiones, aceptaron- a los puestos de trabajo. Los sectores más afectados por este tipo de empleos abusivos son la hostelería, el reparto -relacionado también, indirectamente, con el área hostelera- y, sorprendentemente, los negocios que trabajan con animales. Así que camareros, recepcionistas, cocineros -en ocasiones, los tres anteriores oficios son encarnados por una misma persona-, peluqueros caninos y repartidores son aquellos que más aparecen en el decálogo recopilado por este periódico, en colaboración con el colectivo Asturias por el Empleo.

Repartidores 

En la historia que abre el artículo la sorpresa llegó tras la contratación. Un joven aceptó un trabajo para repartir en motocicleta pollos asados. En primer lugar, las condiciones ya dejaban que desear: asegurado solamente 5 horas a la semana, tenía que trabajar también los fines de semana y tanto el casco como el vehículo que le facilitaron estaban en unas condiciones deplorables. Tenía que apuntar las horas trabajadas que, casualmente, nunca coincidían con las que apuntaba la empresa y siempre eran a favor de la misma. Cualquier tiempo extra que trabajase era cobrado en negro. Desgraciadamente un día de reparto, domingo para ser concretos, tuvo un accidente  que se saldó con un esguince de tobillo. El trabajador tramitó con normalidad la baja por accidente laboral pero, a las dos semanas, se encuentró con que le habían echado a la calle sin previo aviso.

Otro caso es el de otro joven que acordó trabajar en jornada de fin de semana en un popular horno de pan. El contrato, para empezar, se firmó en prácticas y no se cobraba el factor de nocturnidad que implicaba. Únicamente valoraban como trabajo el reparto en sí y no incluía el aprovisionamiento previo del camión, que era de un tamaño considerable. Esas horas no las cobraba. Por todos los medios trataban de descontar sueldo de aquí y allá, no pagaban hasta que el trabajador no se plantaba y, a veces, eso tampoco era suficiente. De hecho, había compañeros que no cobraron durante 2 ó 3 meses e incluso -en un caso extremo- 6 meses. La exigencia a la hora del reparto era «inhumana» y se les exigía una celeridad prácticamente imposible de cumplir y, en caso de sanción de tráfico -ya que se veían forzados a infringir la normativa para llegar a tiempo- tenía que correr de su propio bolsillo. ¿Las jornadas? Interminables. En alguna ocasión alcanzaron las 26 horas seguidas, con un trato que califican de «ganado». Un factor clave es que la empresa se llevaban subvención porque el empleado era joven y llevaba más de un año en paro, motivo por el cual tardó más tiempo en rescindir el contrato, para asegurarse de cobrarla.

Recepcionistas

El primero es un caso flagrante de oferta engañosa. Un negocio hostelero sobradamente conocido publicó varios anuncios con el objetivo de buscar nuevo personal. Se trataba de tres ofertas en las que se solicitaba un recepcionista, una persona para cocina y otra para limpieza. Cuando llegó a la entrevista, la protagonista de la historia descubrió que lo que querían era una única persona que cubriera las tres plazas. Los entrevistadores aseguraron que le pagarían según el convenio de hostelería, figurando primero como extra y que, más adelante, se le haría un contrato. Inocentemente, la chica aceptó desconociendo como se desarrollarían los acontecimientos. El desenlace final fueron trece meses trabajando sin contrato, en solitario en el hotel para todo y descansando un día a la semana -el cual nunca coincidía en sábado o domingo-. Los meses de temporada alta, la libranza se reducía a 2 días en todo el mes y su retribución, echando cuentas, era menor a 5 euros la hora. Al final la trabajadora abandonó el puesto, ya que no encontró manera de que le hicieran contrato y, además, la situación se volvió totalmente abusiva. Dicha empresa tiene cinco denuncias en inspección laboral y una en el juzgado.

Un testimonio, más por curioso que por las condiciones -las cuales se desconocen-, es la prueba a la que tuvo que acudir una chica que optaba a otro puesto de recepción. Cuál sería su sorpresa cuando, al llegar, descubre que el trabajo de recepción era en un local dedicado a prostitución. Como eran incapaces de conseguir a una persona siendo sinceros, decidieron buscar recepcionista para ver a ver si alguien picaba el anzuelo. El caso de este oficio no termina aquí. Un conocido hotel en la costa asturiana, perteneciente a una cadena de cierto renombre, debe dinero a la mayor parte del personal. Según varios testimonios no paga las nóminas pero, aún así, siguen ofertando puestos «impunemente» semana tras semana. También tienen pendientes varios juicios y denuncias por parte de los trabajadores. 

Hostelería

En la hostelería existen muchísimos atropellos. En uno de estos casos se buscaba un camarero/a sin experiencia en un local luarqués. Al acudir a la entrevista, la candidata dejó bien claro que no tenía experiencia previa pero se le aseguró que no importaba. Dicho y hecho: desde el primer momento le exigieron como si fuera una profesional, a lo que se sumó el trato vejatorio que comenzaron a darle. La guinda la puso que no podía memorizar los precios ya que, según el cliente -habitual o no-, le cobraban más o menos.

Otra joven también se vio inmersa en un situación bastante desagradable dentro del gremio. Acordó una jornada de 8 horas por 1.000 euros al mes. Pasaban los días y el contrato no llegaba, aduciendo que se les había olvidado, que la asesoría estaba de vacaciones... Después de un mes, y agotadas las excusas, le «juraron por sus hijos» que la habían dado de alta en el seguro. Al no fiarse de su palabra, se acercó a la oficina para cerciorarse: era mentira. Tampoco eran buenos pagadores, así que decidió irse. La historia no quedó ahí, ya que muchos clientes preguntaban por ella, y la solución fue dar orden al resto de que, si preguntaban por ella, contestasen que «la habían despedido por robar dinero de la caja». 

«Técnico comercial» de energía

La teoría decía que el trabajador comenzaría un taller de formación teórico-práctico, el cual consistía en realizar visitas a negocios, en Avilés, acompañando a una comercial. Esta se presentaba como agente de una suministradora de luz sobradamente conocida y, tapando el logo de la misma en el contrato, hacía que los clientes se cambiasen de compañía, urdiendo una estafa. La comercial afirmaba a los clientes que les «pertenecía un descuento» y que, para beneficiarse del mismo, tenían que firmar. En este aspecto una cliente le pidió la acreditación, en la que ponía el nombre de la subcontrata, y ella le espetó que «tal y cual ahora son lo mismo». Vistas las condiciones y el taller de formación teórico-práctico se decidió, naturalmente, a no aceptar la oferta. 

Construcción

La entrevista se hizo en un bar de Oviedo, para trabajar como lechador. El señor les comentó a los candidatos que él pagaba a 70 céntimos el metro cuadrado trabajado así que, cuantos más metros hicieran, más cobraban. Negocio redondo. Buscaba gente que trabajara a destajo, incluso comentó que solía traer gente a inmigrantes de Senegal. Antes de empezar, exigía que se hicieran un reconocimiento médico, preocupándose por la salud de sus trabajadores con la salvedad de que se lo tenían que pagar ellos, porque él pretendía descontárselo del sueldo. También les anunció que les descontaría el cheque enviado por la Fundación Laboral de la Construcción a los trabajadores del sector en activo que asciende, aproximadamente, a unos 300 euros al año. Se desconocen más condiciones, como si ofrecía alta en la seguridad social, porque esta persona rechazó el trabajo. 

Animales

En cuanto empezó la entrevista para un puesto de peluquera canina, a la interesada le advirtieron de que tendría que hacer el trabajo sin estar inscrita en la Seguridad Social, ya que se excusaban con que la apertura del negocio era reciente y no disponían de dinero para asegurar, ni tan siquiera, un mínimo de horas. El sueldo se cobraría, por descontado, en negro, sin nómina, recibo, ni ningún tipo de documento que lo acreditase. Todavía había más. En el caso de aceptar esos requisitos, el trabajo no se llevaría a cabo en la pajarería, tampoco en la localidad, sería en un piso particular de un conocido de los dueños de la tienda en una población cercana. Por si fuera poco, no disponían del material necesario ni adecuado para trabajar con los canes, tanto en materia profesional como de seguridad. La persona fue contactada al día siguiente de la entrevista para saber si estaba interesada en el puesto, el cual rechazó. Tiempo después llegó a sus oídos que alguien había sido capaz de aceptarlo. 

En una clínica veterinaria de Gijón también buscaba a alguien ejercer como recepcionista -con experiencia mínima de ocho años-, que se encargaría de llevar los temas de papeleo y el recibimiento de los clientes. A cambio de limpiarles el hospital cuando cerrara la clínica, se le ofrecía un curso de peluquería canina. El horario era jornada partida de lunes a viernes desde las 10:00 a las 20:30, con una hora para comer, y el sábado de 10:00 a 14:00. El sueldo, lo mejor: 600 euros. 

Óptica

Condiciones ofertadas: contrato formativo de auxiliar de dependienta. La realidad es bastante diferente. A priori, era un contrato formativo sin ningún tipo de vuelta de hoja. Tendría que trabajar las horas correspondientes en la tienda y las de aprendizaje en el centro formativo, también dentro del horario laboral, pero, desde el principio, no tuvo nada que ver. Esta chica está trabajando 40 horas semanales en la tienda y la formación la hace a distancia en su tiempo de ocio. El atropello es aún mayor cuando se conoce que la han obligado a firmar que está realizando la formación dentro de la jornada laboral. Evidentemente, el salario no se corresponde con lo trabajado y las responsabilidades que asumo, sino que recibe lo que otorga un contrato de formación en el Convenio de Comercios como auxiliar de dependienta. Por si fuera poco, también ha de trabajar los sábados y domingos festivos, sin que nadie le dé opción a hacerlo o no. 

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