El telón de acero se mantiene en el súper

En los países del Este las marcas ofrecen alimentos de peor calidad; la UE lanza una campaña para evitar la diferencia


bruselas / corresponsal

Más azúcar en los refrescos, menos cacao en las chocolatinas y menos carne en la comida. Es lo que se encuentran los consumidores checos, eslovacos, húngaros, eslovenos y búlgaros cuando van a hacer la compra al supermercado. Las autoridades alimentarias de sus países acusan a las multinacionales de trazar un telón de acero entre la Europa occidental y la oriental. Los análisis realizados hasta el momento les dan la razón: existe un doble estándar en la calidad de los productos que se venden a un lado y al otro de esa línea invisible. Sus consumidores siempre salen peor parados. Los hay que conducen hasta Austria para hacer la compra en busca de mejores productos.

El «apartheid alimentario», como lo bautizó el líder búlgaro, Boyko Borisov, se ha convertido en un problema político de primer rango. Bruselas ha tenido que salir al paso para condenar estas prácticas comerciales «injustas». Y es que la lista no se ciñe a tres productos. Abarca desde artículos de limpieza con menos concentración de activos a quesos con menos componentes lácteos, comida de bebé con menos nutrientes, bebidas energéticas con menos cafeína, yogures con un 40 % menos de fruta o cremas de chocolate con menos avellanas y cacao y más aditivos. Hasta 10 de los 32 productos que analizó la asociación eslovena de consumidores demostraron ser de peor calidad que sus equivalentes alemanes o austríacos. En Bulgaria se obtuvieron resultados similares. De los 31 que testaron, al menos siete mostraron diferencias en los componentes.

Peor calidad

«No puedo aceptar que en algunas partes de Europa se venda al consumidor comida de peor calidad que en otras, a pesar de que tanto los envases como el etiquetado son exactamente iguales», se quejó en septiembre el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude-Juncker, tras recibir un aluvión de denuncias. Las compañías se defienden alegando que los gustos y hábitos de los consumidores difieren entre países. De ahí que algunos refrescos tengan diferente sabor entre territorios tan cercanos como España y Portugal. Para el primer ministro eslovaco, Robert Fico, son pretextos: «No puede haber ciudadanos de primera y de segunda».

Tras meses de trabajo y reuniones al más alto nivel político, Bruselas ha conseguido que algunas empresas aparquen sus excusas y firmen compromisos para cambiar las recetas y acabar con el doble estándar de calidad. Sin embargo, fuentes diplomáticas del Consejo aseguran que es un asunto que compete a los consumidores y a las autoridades nacionales. «En un mercado libre no puedes exigirle a una empresa que ofrezca los mismos productos en todos lados. Si el contenido difiere del etiquetaje deberían controlarlo los organismos competentes de cada país. Y si la calidad no es la misma, el consumidor puede elegir no comprarlo», sostienen.

A pesar de la reticencia de algunos socios, hasta 16 países de la UE se han sumado a la campaña lanzada este viernes por la comisaria de Consumo, Vera Jourová, para que la industria cambie sus prácticas comerciales. La checa sabe que su margen de maniobra es limitado, por eso llamó a los consumidores del Este a boicotear a las firmas que los sigan discriminando: «Espero que se nieguen a consumir los productos de peor calidad», aseguró antes de anunciar que Bruselas revisará en el mes de abril la normativa de defensa del consumidor para «hacer más difícil y costoso que las empresas engañen a los consumidores».

Por el momento, la Comisión Europea ya ha anunciado la movilización de un millón de euros para el Centro de Investigación Conjunto (JRC) para tratar de diseñar una metodología de análisis de los productos armonizada y otro millón a cada país de la UE que quiera poner en marcha estudios sobre el terreno.

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