De unicornios y cucarachas

Las «startups» ya no quieren ser unicornios, ahora están de moda las cucarachas, empresas menos glamurosas, de crecimiento lento, pero mucho más resistentes; cada vez son más los inversores que se fijan en este nuevo modelo de firma y huyen de las valoraciones infladas

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Redacción / La Voz

¿Qué tienen en común un unicornio y una cucaracha? Cualquiera al que se le pregunte dirá que absolutamente nada. Los primeros son seres mitológicos que pueblan los sueños de los más fantasiosos. Frágiles. Siempre al borde de la extinción. Aunque no existan. Las segundas habitan más bien en las peores pesadillas. Resistentes. Imposibles de aniquilar. Reales.

Se diría que pertenecen a universos paralelos. Sin embargo, hay un planeta en el que comparten espacio: el de las finanzas. Y puede que no haya sitio para todos.

La primera vez que el mundo del dinero oyó hablar de los unicornios fue en el 2013. Por boca de Aileen Lee, fundadora de la firma de capital riesgo Cowboy Ventures. Fue ella la primera que, en un artículo titulado Welcome to the Unicorn Club: learning From Billion-Dollar Startups, empleó ese término para referirse a un determinado tipo de empresas cuya irrupción en el mercado estaba dejando a más de uno con la boca abierta. Se refería Lee a las compañías cuyo valor alcanza el listón de los mil millones de dólares al poco de iniciar su andadura. Sin ni siquiera cotizar en Bolsa, alimentadas por el capital riesgo. Lo mejor para entenderlo es poner un ejemplo: Facebook era la reina de los unicornios hasta que debutó en el mercado. Con el tiempo, esa definición se ha ido enriqueciendo, y ahora el término unicornio es mucho más amplio que al principio.

lo que hay que tener

¿Qué requisitos debe cumplir una empresa para que se merezca entrar en la tierra de los unicornios? Para empezar ha de ser una compañía que se financia con capital privado y que no cotice en Bolsa. Además, ha de ser joven. Tanto que no puede tener más de diez años. También sus equipos han de estar formados por gente joven. Tiene que tener un valor de más de 1.000 millones de dólares sin que nadie la haya comprado. Y, muy importante, ha de ser lo que en la jerga financiera se conoce como una empresa disruptiva. Esto es, que ofrezca un servicio o un producto que rompa moldes. Que suponga toda una revolución. Que ponga patas arriba las reglas del mercado. Otro ejemplo para que se entienda: el teléfono móvil, frente al fijo. Y dos más: Uber y Airbnb han revolucionado el mundo del transporte y el hotelero sin tener ni coches ni alojamientos. Spotify, Dropbox, PayPal, Xiaomi Snapchat o BlaBlaCar también forman o han formado parte (algunas ya cotizan en Bolsa) de ese universo.

Ni que decir tiene, como ya se habrán imaginado, que lo de este tipo de empresas sin las redes sociales no habría sido lo mismo.

¿Y por qué unicornios? Porque solo unos pocos elegidos lo consiguen, por fantástico que parezca. Y porque, aunque tengan un gran valor, muchas de esas empresas, la gran mayoría, no tienen beneficios. Gastan más de lo que ingresan y, sin embargo, consiguen que los inversores les confíen su dinero. Grandes cantidades. Por fantástico que parezca también.

La sombra de la burbuja

De ahí el temor que empieza a extenderse en el mercado a que todo ese fervor por los unicornios acabe en una burbuja como la que provocó hace 15 año la fiebre inversora por las puntocom y que terminó como el rosario de la aurora: el Nasdaq, la meca de las tecnológicas, perdió casi un 80 % de su valor en solo dos años. Por eso precisamente, otra especie, mucho más terrenal y, desde luego que menos glamurosa, empieza a ganar adeptos en el planeta de las start- ups: las cucarachas. El término, como el de unicornio, lo acuñó una mujer: Caterina Fake, cofundadora de Flickr, la red social que permite almacenar, ordenar, buscar, vender y compartir fotografías o vídeos. Hablaba de ellas también en un artículo. Este titulado The Age of the Cockroach (La Era de la Cucaracha). Y se refería a esas empresas que crecen lentamente. Sin aspavientos. Y de manera sostenida. En claro contraste con los adorados y ruidosos unicornios.

Una plaga

Decía Fake entonces, y lo mantienen hoy por hoy muchos analistas, que las empresas que quieran salir vivas de la próxima crisis -que seguro que la hay- tendrán que moverse con rapidez, recortar costes, planificar el futuro sin contar con mucho dinero y olvidarse de los planes que no sean rentables. O sea, resistir como cucarachas. «Una plaga viene a matar a los unicornios», advertía en su artículo Fake.

El riesgo de extinción de las empresas con valoraciones infladas, e incluso insostenibles, es alto. Las cucarachas, dicen, son las únicas que sobrevivirían a un holocausto nuclear. Apúntenselo.

LOS UNICORNIOS SE HACEN MAYORES. Snapchat, Dropbox y Spotify (en la imagen el día de su estreno bursátil) son las últimas tres salidas a bolsa protagonizadas por unicornios. En pista está Xiaomi, el fabricante chino de móviles.

¿Qué lleva a los inversores a confiar su capital a empresas que pierden dinero?

Simplificando mucho las cosas, explican los analistas, se podría decir que una empresa unicornio es la que no tiene un modelo de negocio viable. Y como no lo tiene, pierde dinero. ¿Cómo sobrevive? Gracias a los fondos que le proporcionan los inversores. ¿Por qué se arriesgan estos a colocar ahí su dinero? Porque confían tanto en que acabe convirtiéndose en una mina de oro, que el hecho de que ahora tenga pérdidas no les importa. Es más, muchas veces tampoco es por eso. En realidad, ni tan siquiera buscan que la empresa tenga éxito y les lluevan con ello los beneficios. Lo que esperan realmente es que resulte tan atractiva que acabe despertando el interés de otros inversores, lo que incrementará su valor y les dará la posibilidad de vender su participación con unas jugosas plusvalías.

especulación pura y dura

Resumiendo: especulación pura y dura. De ahí que muchos hablen de una burbuja en ciernes como la que arrasó con las puntocom.

Harina de otro costal es colocar el dinero en las cucarachas: aquellas startups que han dejado atrás los números rojos y llevan cuatro años siendo rentables. Sin grandes cifras, eso sí. Y, sobre todo, sin llamar la atención. En estos casos la inversión no se multiplica a la velocidad de vértigo con la que lo hace en las unicornio. Ni de lejos. Por eso no es tan atractiva. Pero sí más segura. Porque está respaldada por cifras que se pueden palpar. No hace falta imaginarlas.

«Después de la plaga y la conflagración, el humo se despejará. Usted mirará alrededor para ver quién se mantiene en pie, y verá a las cucarachas. Las cucarachas serán menos y más delgadas, pero habrán sobrevivido en una época de mayor inanición y menos exageración», concluía en su famoso artículo Caterina Fake.

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