La versión 3.0 del táper de tu madre

Los «Airbnb de la comida» tensionan al sector, que los califican de «instrusismo», mientras desde las aplicaciones aseguran que los objetivos son diferentes y la convivencia posible

Los táperes de comida de la aplicación de Linkinfood
Los táperes de comida de la aplicación de Linkinfood

Redacción

Cuando un estudiante vive fuera de su hogar es habitual, tras haber pasado un fin de semana en casa, verle cargado con táperes de comida que le permitan sobrevivir al menos durante una buena temporada. También sucede lo mismo con esos a los que, aunque ya no sean estudiantes, las habilidades culinarias se les escapan. Bajo esa idea se sustentan los llamados «Airbnb de la comida», en los que unos cocineros -no necesariamente profesionales- ofrecen su comida a precios reducidos a aquellos usuarios que se encuentren cerca de su ubicación. Entre las aplicaciones que ofrecen este servicio se encuentra Linkinfood. Creada por el malagueño Darío Carrasco hace apenas dos meses, ya cuenta con más de 700 cocineros registrados y el efecto llamada parece imparable.

«No es un restaurante, se trata de una aplicación para compartir los gastos de la comida y aprovechar lo sobrante cuando cocinas de más y evitar así que se tiren alimentos», sostiene. No obstante, las críticas proliferan. Desde la Asociación de Turismo y Hostelería en Asturias (Otea) consideran que, «en el momento en el que hay una venta ya no se comparte nada». Así lo ratifica su vicepresidente, Fernando Corral, quien apunta que «se trata de un negocio sin factura», lo que se traduce en «fraude fiscal». Por su parte, Carrasco se defiende alegando que «la política de precios impide que se venda un táper por más de tres euros -de los cuales el 10% va para los creadores-». Además, estos «están estandarizados -una empresa intermediaria envía a los cocineros registrados un paquete con táperes, pegatinas de envasado y cubiertos- y no se procede con dinero en metálico. «Está todo informatizado y los cocineros quedan en algún punto para facilitar el táper al usuario», sostiene.

Considerados a sí mismos como el Blablacar de la comida, la idea se nutre de la llamada economía colaborativa, en la que se entiende que no existe un beneficio económico, sino acuerdos para dividir los gastos. «Si cocinar un plato me cuesta cuatro euros, pues lo pongo a dos y así lo compartimos», cuenta Carrasco. Siente así que ni siquiera compite contra los supermercados «porque se va a seguir comprando».

En otras aplicaciones, como Chefly, el sistema es diferente. Ya no se trata de deshacerse de excedentes, sino que existe la posibilidad de adquirir un menú completo, de la entrega a domicilio y de optar por platos elaborados a medida. Así se definen en su web: «Chefly es una plataforma online para amantes de la comida casera. Es un mero intermediario de servicios entre usuarios y cocineros, y no ofrece servicios de catering, preparación o entrega de su comida». Además, los precios se fijan bajo el criterio del cocinero, de tal modo que, por ejemplo, se puede adquirir un cocido de garbanzos al estilo de Avilés para cuatro personas por 20 euros. Tal como explica Paola, su fundadora, «los restaurantes también pueden ofrecer su comida en Chefly siempre que tengan el foco en la calidad de la materia». Asimismo, señala que «desde la plataforma estamos ayudando en paralelo a la Agencia española de Consumo que esta redactando un borrador para ajustar la legislación a lo que ya se recoge en Europa desde hace 14 años, por lo que pronto será mas fácil que los emprendedores gastronómicos puedan empezar desde una cocina con licencia». A lo que añade que, en Madrid, ofrecen la posibilidad a aquellos que no pueden cocinar desde casa a acudir a Cocinering que, una cocina industrial que se alquila por horas.  

Sin garantías alimentarias

Pese a las aparentes buenas intenciones, desde la patronal no aflojan la soga. En cuestiones alimentarias estiman que hay que tener especial cuidado. «En este tipo de aplicaciones no existen garantías ante los alimentos que se consumen», cuenta Corral, «y ponen en riesgo a los establecimientos que cumplen con la normativa, que pagan impuestos y generan empleo». Desde Linkinfood aseguran que, en relación al buen estado de los alimentos, «confiamos en la buena fe de la gente». Algo que Corral considera inocente pues, «nos fiamos de alguien sin saber en qué condiciones está su cocina ni cómo es, por ejemplo, su tratamiento con los pescados frescos, y luego vamos a un restaurante y si algo no cuadra la armamos».

No obstante, por si la confianza no fuera suficiente, en la página web de Linkinfood tienen un apartado de información relativa a cómo mantener la cadena del frío o el tratamiento de las salsas, entre otras. Asimismo, «ofrecemos de manera gratuita la formación para obtener el carné de manipulador de alimentos, aunque nos hemos topado con que el 90% de los cocineros registrados ya lo tiene».

El riesgo de la economía colaborativa para el sector

«La demagogia de la economía colaborativa pone en serio riesgo al sistema tal cual lo tenemos concebido», mantiene el vicepresidente de Otea. En cifras, en el plano hotelero el fraude fiscal que se produce en España se estima en 13.500 millones de euros. «Internet nos permite compartir, conectar. Si es gratis es economía colaborativa, si no es un engaño y un fraude», sentencia Corral.

Para el vicepresidente de Otea este tipo de negocios se lo saltan todo: «El cocinero no cotiza en la Seguridad Social, no hay normativa que controle que todo es correcto, no hay facturación ni impuestos... es un negocio fantástico». Es evidente, pues, que el enfado del sector se amplifique por «los múltiples gastos que los establecimientos tienen que hacer frente», en comparación con la «libertad reglamentaria» de estas nuevas ideas. Como consecuencia, apunta Corral a que, en Asturias, el turismo emplea a 40.000 personas. «Si ponemos en riesgo eso arriesgamos nuestro modelo económico y el crecimiento».

La compatibilidad ¿es posible?

Carrasco, que también tiene experiencia profesional en el sector hostelero, lo tiene claro: «Es compatible con todo». En primer lugar porque es un servicio que focaliza a su público en tanto que el que lo contrata es «una persona que, por falta de tiempo o conocimiento, quiere evitar la comida precocinada y opta por comida casera buena», explica. Pero lo que más claro tiene el creador de Linkinfood es que «no se trata de quitar el trabajo a un restaurante». Desde su punto de vista, la cultura de la hostelería en España está muy arraigada, por lo que sostiene que «nadie va a dejar de ir a un bar o de ir a comer con su familia o amigos a un restaurante por calentarse un táper en un microondas».

Los objetivos pueden parecer diferentes pero solo el tiempo esclarecerá si serán capaces de convivir sin comerse terreno de manera voraz o si se acabará por convertir en una lucha encarnizada, como ya está ocurriendo con los pisos turísticos, por ver quién da el mordisco más grande.

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