Desconexión laboral: el síndrome de Estocolmo que nace en la oficina

Algunas empresas explotan las lagunas sobre derechos digitales para abusar de sus empleados; cada vez más trabajadores creen erróneamente que va en su sueldo estar disponibles 24 horas

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Redacción / La Voz

Cuando uno escucha eso de que tres son multitud pocas veces se le viene a la cabeza el teléfono móvil y, sin embargo, no andaría desencaminado si comienza a pensar en cuántas veces ese inofensivo dispositivo ha sido el epicentro de un visceral enfrentamiento con la pareja. Con un amigo. O con un jefe. El teléfono, que une a la sociedad avanzada con el resto del mundo 4G mediante, es hoy en día sinónimo de esparcimiento, disfrute y evasión. Pero también un detonador de preocupaciones, estrés y fatiga si no se pone coto a determinadas malas praxis. Es el caso del ámbito laboral.

La integración total de las nuevas tecnologías en el día a día ha terminado por fulminar la línea que separa la vida en la oficina del tiempo libre. Las empresas han eludido tradicionalmente el reconocimiento a dos artículos del Estatuto de los Trabajadores que establecen que «los empleados tienen derecho a no atender llamadas ni correos electrónicos fuera de la jornada laboral». Este articulado tampoco dice nada sobre posibles sanciones a las compañías en caso de abuso. Los expertos alertan de que, pese al desgaste profesional y personal que acarrea vivir conectado a los quehaceres laborales, muchos ya no son capaces de desintoxicarse de la situación. ¿Los más perjudicados? «Los empleados de profesiones liberales, pero también directivos de otros sectores. Cuanto más alto está uno en la cadena de mando, más lo sufre». No obstante, hay efecto blurring (incapacidad de separar la vida laboral de la personal) para regalar, ya que según un informe elaborado por la consultoría Ipsos, más allá de los jefazos, el 65 % de los españoles reconoce que trabaja fuera del horario laboral.

Aunque pone el foco en trabajadores de la abogacía y la asesoría, el experto en Derecho Laboral Ignacio Albo mantiene que hoy en día pocos son los empleados que están exentos «del machaque de la compañía a wasaps y correos electrónicos». Salvando a aquellos que se dedican a trabajos en cadena, mantiene que como no hay una normativa específica que castigue estos excesos, seguirán incrementándose las consultas a los despachos especializados en materia de trabajo sobre qué derechos tiene el empleado a este respecto. «Es un tema que está en pañales y se va a tener que regular sí o sí, pero no va a suceder pronto por el panorama parlamentario tan fragmentado que tenemos hoy en día».

No es Albo el único pesimista con la llegada de facto de un desapego digital real. José Luis Casero, presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE), piensa que el hito que marcó Francia hace casi dos años al convertirse en el primer país en estrenar el derecho a la desconexión laboral «ha sido un gesto de cara a la galería que no establece consecuencias jurídicas», pues en España correría una suerte similar. Aún así, cree que no hay más salida que la regulación «o la actualización del Estatuto de los Trabajadores». Ahora, con el interés total de los empleados, ya que «muchos trabajadores son adictos al trabajo y están conectados todo el día. Ya no saben vivir de otra manera», comenta el presidente de ARHOE. Añade además Albo que es una realidad que muchos altos cargos asumen que «va en su sueldo este sacrificio, sin tener por qué».

Menos trabajo, más eficiencia

A tenor de lo que demuestran investigaciones como la expuesta en la revista The Economist en el 2013, los derroteros van en sentido contrario. En esta publicación aparecía un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el que se aseguraba que cuanto más se trabaja, más disminuye la productividad. Y sin mirarse el ombligo, pero acudiendo a situaciones más prosaicas, uno percibe lo mismo. Lo ejemplifica Casero: «Si te hace la declaración de la renta una persona que no duerme o te atiende un médico enganchado al móvil, las cosas no salen bien». Por eso, comenta, «en la medida en la que el empleo lo permita, deberíamos ir hacia horarios más eficaces, en los que trabajemos seis horas y estemos disponibles con el móvil o el ordenador dos o tres».

Sin tener todavía esta flexibilidad horaria no hay que desmerecer la intención de AXA. La aseguradora marcó un punto y aparte en España hace unos meses al ser la primera en reconocer por convenio el derecho de sus 4.000 empleados a apagar el móvil al salir del trabajo. Ikea le fue a la zaga.

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