madrid / la voz

Las últimas esperanzas de Pedro Sánchez de que el Comité Federal del PSOE rectificara y terminara tolerando la posibilidad de que él se convirtiera en presidente del Gobierno gracias a los votos de Podemos y la abstención de los nacionalistas catalanes se desvanecieron ayer cuando el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, abandonó lo que en los últimos días se había interpretado como una posición moderada a la espera de acontecimientos. Sus declaraciones ante la prensa extranjera, en las que dijo que esperaba convocar unas elecciones constituyentes antes de la Diada del próximo año, suponen un regreso al monte soberanista y un portazo a cualquier posibilidad de un cambio generalizado de escenario en España en el que el conflicto catalán se recondujera por la vía del diálogo, los nacionalistas moderados volvieran a ser actores principales de la política española y, a su vez, gobernaran en Cataluña con ayuda de partidos nacionales, y no atados al yugo de una fuerza radical como ERC y otra antisistema como la CUP. Su ofrecimiento posterior de un referendo de independencia para desbloquear la situación, y su advertencia de que mientras no se acepte esa propuesta la política española seguirá bloqueada constituyen una burda amenaza que deja clara su intención de sacar tajada política en Cataluña a cambio de sus votos en Madrid.

Con sus declaraciones, Puigdemont demuestra su incapacidad para liberarse de la presión de la CUP, que lo maneja a su antojo manteniéndolo en el Gobierno votando a favor de la moción de confianza que ha presentado, pero impidiéndole en la práctica gobernar al negarse a apoyar los Presupuestos mientras no asuma sus postulados más radicales.

El resultado de todo este proceso no afecta solo a Cataluña, que sigue anclada en el debate soberanista mientras pierde tiempo y recursos para remontar la crisis, sino también a España. Y ello es así porque, mientras el conflicto siga enquistado, habrá más de seis millones de votos de españoles en las elecciones generales, los de los partidos que apoyan la independencia, que estarán excluidos, al contrario de lo que ha ocurrido durante décadas, de cualquier solución en el Congreso para articular una mayoría. Y seis millones de votos son muchos votos para tirarlos a la papelera cada cuatro años.

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El president Puigdemont siente vértigo y regresa al monte