El nefasto precedente de octubre de 1934 en Cataluña

El Gobierno de Alejandro Lerroux declaró el estado de guerra tras la proclamación del Estado catalán por Companys, que fue detenido, procesado y encarcelado


Madrid

La historia no se repite. Cada momento y cada contexto político y social tienen sus particularidades. Pero retroceder en el tiempo para analizar ciertos acontecimientos puede servir como lección para el presente. Están a punto de cumplirse 83 años desde que el 6 de octubre de 1934 el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamara el «Estado catalán dentro de la República federal española». Como señala Jordi Canal en su Historia mínima de Cataluña (Turner), aquello «no fue en puridad un pronunciamiento separatista, sino de reconducción del régimen republicano hacia una vaga vía federal».

La justificación de Companys para saltarse la ley fue que la República estaba en grave peligro y Cataluña se iba a convertir en el «reducto indestructible» de sus esencias frente a «las fuerzas monarquizantes y fascistas» que habían «asaltado el poder». Aludía a la entrada en el Gobierno presidido por Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical, de tres ministros de la derechista CEDA. Hay que recordar que las izquierdas respondieron a esos nombramientos con una huelga general revolucionaria en toda España.

Lo que pretenden ahora los secesionistas es declarar la independencia pura y dura, sin mantener ninguna conexión con España, mediante un referendo ilegal sin validez jurídica y sin garantías.

Respuesta armada

Pero entonces la respuesta del Estado no fue judicial, sino armada. El Gobierno presidido por Lerroux decretó el estado de guerra. Las tropas al mando de Domingo Batet, un general republicano y catalanista que sería fusilado por los franquistas en 1937 por no sumarse a la rebelión, cañonearon el palacio de la Generalitat, defendido por los Mossos d'Esquadra. Tras la rendición de Companys y su Gobierno, la Generalitat fue tomada. El golpe secesionista solo duró 10 horas, como relata José García Abad en Cataluña, 10 horas de independencia. La falta de apoyo popular fue decisiva para que fracasase.

El presidente fue detenido junto con el gobierno catalán en pleno y encarcelado en el buque Uruguay, fondeado en el puerto de Barcelona, que fue requisado para ser utilizado como prisión. Enric Pérez i Farrás, jefe de los Mossos d’Esquadra durante la proclamación del Estado catalán, antecesor de Josep Lluís Trapero, también acabó en la cárcel.

Murieron 46 personas, 38 civiles y ocho militares, hubo numerosos heridos y más de 7.000 detenidos. El coronel Jiménez Arenas fue nombrado gobernador de Cataluña y presidente accidental de la Generalitat, se clausuró el Parlamento y más de 100 ayuntamientos fueron disueltos. En enero de 1935 se suspendió indefinidamente la autonomía. El 6 de junio de 1935, Companys y sus consejeros fueron condenados a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación absoluta.

Otro paralelismo con la situación actual es que una decisión del Tribunal de Garantías Constitucionales, predecesor del Tribunal Constitucional, declaró nula la Ley de Contratos de Cultivos promulgada por el Parlamento catalán de 12 junio de 1934, lo que, en palabras de García Abad, «encendió la tea», escenificando el primer gran enfrentamiento del Estado con la Generalitat. Exiliado tras la Guerra Civil, el 13 de agosto de 1940 Companys, líder de ERC, fue capturado en Francia por la Gestapo, a petición de la policía franquista, y trasladado a España, donde fue torturado, sometido a un consejo de guerra por un tribunal militar sumarísimo sin garantías y finalmente fusilado en el castillo de Montjuich.

Los mismos errores

Salvando todas las distancias, porque la España de hoy no tiene nada que ver con la convulsa de 1934 y el contexto internacional es muy diferente, los independentistas están repitiendo ahora los errores de sus antepasados. Carles Puigdemont hoy, como Companys en los años 30, se ha declarado en rebeldía, ha roto la legalidad, fracturado a la sociedad catalana y se han echado en manos de la extrema izquierda, en este caso de la CUP.

«Bastaron unos pocos cañonazos para que se rindieran»

José García Abad, autor de «Cataluña, 10 horas de independencia», analiza los paralelismos y diferencias entre lo que sucedió en 1934 y lo que pasa ahora

Periodista y escritor, José García Abad es autor de Cataluña, 10 horas de independencia (Ediciones El Siglo), que narra los acontecimientos que se sucedieron desde las ocho de la tarde del 6 de octubre de 1934, cuando Lluís Companys proclamó el Estado catalán, y las seis de la mañana del día siguiente, cuando la Generalitat se rindió tras ser bombardeada por el Ejército español comandado por el general Batet.

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-¿Qué paralelismos y diferencias hay entre lo que sucedió en 1934 y lo que está pasando hoy?

-Han cambiado muchas cosas desde entonces pero la cuestión catalana sigue hoy, en el fondo, aproximadamente como entonces. En 1934 Companys proclama el Estat Catalá y la ruptura con todas las instituciones españolas. Las fuerzas militares o paramilitares que controla son muy superiores a las que manda el capitán general Domingo Batet. Y sin embargo, como diría Cambó en las Cortes españolas, bastaron unos pocos cañonazos al palacio de la Generalitat para que se rindieran. Hoy en día puede haber registros y detenciones pero es impensable la intervención del Ejército. Hay cosas que han cambiado para mejor. Cuando Cambó se dirigió a Companys para decirle «Mucho cuidado Lluís, que te vas a cargar la peseta» el presidente contestó: «Me cago en la peseta». Nadie en Cataluña piensa hoy en cagarse en el euro.

-Aquel Estado duró diez horas. ¿Cuánto cree que puede durar la independencia si la declara la Generalitat de Cataluña?

-Creo que no se llegará a ese extremo. En mi opinión, tras el 1-O, Puigdemont convocará elecciones. No creo que el gobierno que salga del nuevo parlamento proclame unilateralmente la independencia, que ningún país serio reconocerá y que dejaría a Cataluña fuera de la UE. Si llegara el caso y se declarara la independencia, los cañones no dispararían contra el palacio de la Generalitat. Se aplicaría el artículo 155 de la Constitución y el presidente sería inhabilitado inmediatamente.

-¿Qué lecciones cabe extraer de lo que pasó entonces y lo que está pasando ahora?

-El Gobierno de entonces presidido por Alejandro Lerroux tras el triunfo de las derechas nunca aceptó de buen grado el estatuto catalán de autonomía que fue aprobado por el Gobierno Azaña. Por su parte, el gobierno de Companys, dirigente de ERC, vio en el nuevo gabinete una centralización del Estado que amenazaba su autonomía. Rajoy no ha sido muy sensible a las singularidades catalanas y en Cataluña hay una enorme suspicacia ante el PP. Pienso que lo más importante es un reconocimiento de sus peculiaridades sin que ello rompa la igualdad de derechos entre todos los españoles. En estos momentos es más importante el fuero que el huevo. Con un cambio constitucional que admita dicho reconocimiento, con un Senado que sea realmente una cámara de las comunidades autónomas y con mayor frecuencia y fluidez en las conversaciones entre la Moncloa y el palacio de la Generalitat se puede ir creando poco a poco un nuevo clima. Son cambios que no les parecerán suficientes a los independentistas pero que podrían servir como nueva base de convivencia dejando la independencia como programa máximo aplazable sine die.

-Aquello acabó con Companys en la cárcel, ¿cree que pasará lo mismo con Puigdemont?

-Confiemos en que no se siga el mismo itinerario. Opino que en esta ocasión la sangre no llegará al Ebro. Una vez asumido por la Generalitat que no puede proclamar la independencia por las bravas se iniciará una fase más realista de negociaciones que pasará por cambios en la Constitución que permita una conllevanza mutua, que defendía Ortega y Gasset, durante algún tiempo. A veces se precisa la máxima confrontación para que se recupere la paz.

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